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El Malpensante

Breviario

Un orinoquense en Berlín

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Incursionaron los caríbales feroces, incineraron los bohíos, masacraron hasta al último de los atures, viejos, preñadas, arqueros y cerbataneros, vírgenes y sacerdotes, les arrancaron sus lenguas y consumieron por siempre sus voces.

Ayes, pasiones, consejas y susurros, cantos ceremoniales a medio cantar, juramentos, baldones y los gritos de horror de los que estaban por ser desollados, todo lo que alguna vez había vivido, sonado y soñado, padecido, o había tenido sentido, autoridad y emoción en lengua atur, vistió verdes plumas de luto, levantó vuelo de resurrección, y se refugió en otra lengua: la negra, larga, estridente y ampulosa de un loro que había sido criado desde pichón por el vate mayor de los atures, que había vivido por añares felicísimo y parlotero en la maloca sagrada y que ante el exterminio supo escapar a la rama alta de un añoso caracolí. Era lo que quedaba de la lengua atur.

El sabio alemán Von Humboldt, que casualmente estaba en aquellos días aciagos de paso por los andurriales del Orinoco, se enteró y mandó enjaular el ave lenguaraz de cuyos memoriosos prodigios hablaban con reverencia y espanto todas las tribus a lo largo de los ríos de la selva. El pájaro montaraz y su negro músculo fonador eran un registro que preservaba y reproducía el canturreo, las secuencias fonémicas, el vocabulario y posiblemente toda la sapiencia del extinto pueblo atur, razonaba el erudito naturalista. En un primer intento le pudo sonsacar y registrar científicamente cuarenta vocablos que ni él ni nadie supo interpretar.

Pero antes de seguir camino a la gran cordillera (que sería su consagración y su destino), Von Humboldt embarcó la jaula en un bergantín en el puerto de La Guaira rumbo a Hamburgo y le puso etiqueta con el propósito de que le guardaran el ave para ulteriores estudios en el Tiergarten de Berlín. Como el polímata quedó muy ocupado con sus pisos térmicos y demás proyectos geográficos, se olvidó un poco de la etnolingüística y del todo del pajarraco. No obstante, longeva como era su raza y su fatalidad, este vivió cuarenta años más en estrecha jaula, sin probar nunca más las azucaradas y perfumosas frutas de su tierra, a pura papa y agria manzana alemana. A pesar de su inconmensurable tristeza y del frío boreal que le calaba los huesos, siguió repitiendo por décadas, sin que a nadie le interesara, voces, juramentos de amor, conjuros para cazar micos, chanzas y oráculos, los cánticos de alegría y luto de los atures.

Un día, sin embargo, las raras guturalidades del cada vez más desgreñado plumífero que habitaba el aviario público llamaron la atención de un veterano artillero prusiano, melancólico, alcohólico y soltero de irremediable soltería. La amistad siempre es un sino y las lenguas hay veces que también. Pueden tocarle al menos avisado. El artillero empezó, en todo caso, a visitar el ave a diario y, a fuerza de la empatía que sentía con el papagayo tan desdichado como él mismo, se hizo su amigo y consintió en que este le enseñara la lengua de los atures. No se sabe si llegó a dominarla, pero en agradecimiento y contraprestación le brindaba, por entre los barrotes, gotas de aguardiente de centeno sobre terrones de azúcar y le enseñaba todos los días un retazo de berlinés.

En esas el viejo soldado murió solitario y cirrótico en la pensión donde alquilaba. Fue enterrado sin mucho trámite en el cementerio militar. El loro equinoccial debe haber sido el único en enterarse, primero porque el trago al que también se había hecho adicto ya no le llegaba. Cuando supo a ciertas que su amigo no regresaría, se sumió en una murria aviar mayor y a partir de ese mismo día nunca más volvió a proferir ni una sola palabra en atur, su casi lengua materna que ahora sí se había extinguido para siempre. Y aunque no alcanzara a aprender a llorar en prusiano, hasta el día de su propia muerte –¡los psitácidos también mueren!– repitió y repitió para fastidio del resto de la pajarera (y mucho antes que John F. Kennedy) una y otra vez y siempre la misma frase: “Ik bin een Berliner”.

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Atila Luis Karlovich

Doctor en filosofía. Estudió en Suiza y actualmente está radicado en Argentina. Ha trabajado en bancos, ha sido periodista cultural y profesor de latín, historia y quechua.

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