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El Malpensante

Ensayo

La intemperie

En Cali, las vidas transcurren tras vidrios polarizados. Delgadas membranas, sólidas como muros, entre el peligro de afuera y el de adentro.

El tío Javier tenía una camioneta polarizada. Ahí me refugiaba con Marcela, mi prima. Además de un botón de pánico para activar una alarma que parecía anunciar el fin del mundo, tenía un micrófono. Era como jugar con un walkie-talkie. Hundíamos un botón y dejábamos salir a la superficie lo primero que se nos ocurría: ¡Quítense, llevamos un herido!, ¡déjennos pasar! Nuestras voces aumentadas, radiofónicas.

De toda la familia, según se comentaba, el que más corría riesgo era mi tío Javier. Yo no entendía muy bien por qué, pero por algo tenía ese carro y una mansión y varios rottweilers a los que no podíamos acercarnos. La Toyota era un búnker que, pensábamos Marcela y yo, podía aguantar cualquier cosa: una explosión, un terremoto, un maremoto, disparos.

En Cali la mayoría de la gente polariza los vidrios del carro, por la misma sensación de seguridad que encontrábamos mi prima y yo en la camioneta de su papá o debajo de la sábana con la que nos cubríamos en la noche. De esa forma intentan sobrevivir a la intemperie.

Mi papá tenía un Renault 4 por los tiempos en los que mi tío Javier vivía en la ciudad. Un día le pedí que le polarizara los vidrios para que no nos pasara nada cuando saliéramos a comer pollo asado o a cine, como era nuestra costumbre. Me contestó que eso le parecía de mal gusto y que él no le debía nada a nadie. Además, agregó, igual a la gente la van a robar con o sin vidrios polarizados. Y sí, tenía razón entonces y la tiene ahora. A la gente la roban a pesar de tener los vidrios oscuros. Los ladrones tocan el cristal con el puño o con el mango del arma y ya está: ábrete sésamo. Se trata de azar, casi como romper un huevo Kinder. A veces les sale un iPhone, una cantidad considerable de dinero en efectivo; otras, un celular dañado. Algo que se ha vuelto común, para mala suerte de los ladrones. A la hora de evitar un robo es más efectivo cargar un celular viejo que haga las veces de señuelo, que polarizar los vidrios del carro. Esto solo ha servido para que los ladrones vayan al encuentro de su reflejo, sin ver lo que espera del otro lado. La víctima es una sombra, un ente incapaz de generar empatía. Asumo que si un día yo tuviera que robar a mano armada, preferiría hacerlo frente a un espejo.  

Sin embargo, la gente persiste con la muralla opaca. Lo que antes era un asunto de traquetos o de políticos, se ha vuelto la norma en la ciudad. En Cali, polarizar el carro es una medida de prevención casi tan obligatoria como comprar un estuche para el celular. Al punto de que se ha vuelto una moda y un asunto de temperatura. Los vidrios oscuros son útiles para reflectar los rayos ultravioleta del sol. Después de todo, su razón de ser es esa: negarse al contacto con el mundo. ¿Cómo cambian la ciudad y sus sensaciones si se la transita en una burbuja de petróleo?

Como no se podían bajar las ventanas de la Toyota, para ordenar en el drive-thru de McDonald’s mi tío tenía que abrir la puerta. Evitábamos bajarnos en el restaurante porque era más divertido comer en su mansión, frente del home theater. Mi tío se asomaba luego de asegurarse de que no hubiera alguien sospechoso y le hablaba a la que tomaba la orden. Pedía doble para todos –gracias a él completé la colección de muñequitos de Star Wars iii–. La responsabilidad de recibir las hamburguesas nos la confería a nosotros. Adelantaba la camioneta unos metros, seguía el camino en la línea de producción de la comida rápida. El que estuviera del lado izquierdo debía encargarse; un día me tocó a mí. Abrí la puerta del tanque, recibí la comida tan rápido como pude, repartí las cajas y, por falta de fuerza, dejé mal cerrado. Más duro, dijo la esposa de mi tío, mirá que si se abre te secuestran los gamines de la calle.

Bajar la ventana es un riesgo. La proliferación de vidrios polarizados evidencia el miedo al espacio común, a salir. Cali, una ciudad luz, rebota en los vidrios. Porque un carro con los cristales oscuros es una neurona incomunicada: la percepción del color cambia, se domestica el ruido de la calle, el aire acondicionado filtra los olores. El espacio público se mira con desconfianza. No en vano la mayoría prefiere los centros comerciales que año a año crecen y se hacen más complejos, en lugar de los parques o las plazas públicas. La sensación de peligro enajenó la ciudad y la llenó de espejos negros en los que se refleja lo indeseable, mientras se viaja de un punto A a un punto B. Los vendedores callejeros tocan las ventanas de un carro para ofrecer sus chicles y su gesto parece el mismo de quien golpea los cristales de una casa que, por la oscuridad en su interior, aparenta estar vacía.

A pesar de la norma de tránsito que regula el grado de opacidad de los vidrios, ya ni siquiera se puede presentir la humanidad de los que van dentro de un carro.

Se me viene a la cabeza un día que la familia salió de la ciudad a comer sancocho. Después del almuerzo, le dije a mi tío que me quería devolver con él. Estuvo de acuerdo, pero mi prima Marcela tenía otra idea. Quiero hacerle caras a la gente, me dijo. A mí me costaba decirle que no a mi prima, me sigue costando, por lo que acepté y nos devolvimos a la ciudad en el Renault de mi papá. No lo sabíamos en ese momento, pero hacerle caras a la gente se convertiría, con el tiempo, en otro de nuestros juegos preferidos. Esa fue la primera vez que lo intentamos. Viajamos con las ventanas abajo. El aire nos secaba la boca, se nos metía por la nariz y por los ojos. Ella decía que yo me había tirado un pedo y yo la acusaba a ella, cuando nos alcanzaba el olor de alguna fábrica cercana o de una carroña o de los cañaduzales en descomposición. El sol era una gelatina naranja que vibraba, que se derretía en el interior del carro. En la ciudad, nos apoyábamos en el sillín y nos asomábamos por el vidrio trasero como un par de marionetas. Entonces le hacíamos muecas a la gente que iba detrás, les sacábamos la lengua, les torcíamos los ojos. Ellos nos veían y nosotros los veíamos. Algunos respondían con caras cómplices y otros hacían pistola. Lo segundo nos hacía ahogar en carcajadas, nos estimulaba a buscar otras víctimas en el exterior. Y eso hicimos a lo largo y ancho de las calles. Ese día el juego habría durado una hora y media como máximo. Antes de bajar del carro y de correr a la entrada de la mansión, mi prima me dijo que iba a pedir que le quitaran el polarizado a la Toyota, porque los carros claros como el de mi papá también eran divertidos.

A lo mejor ella, a esa edad, no intuía el peligro que corremos todos en la calle.

Y, sobre todo, quizás por los muros de su casa, no entreveía el peligro que corría su papá por hacer lo que hacía.

A mi tío Javier no lo veo desde hace diez años. Un día, años antes de su partida, vendió la Toyota y se compró una Nissan, como era de esperarse, con las ventanas más oscuras. 

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Harold Muñoz

En 2017 ganó el Premio Nuevas Voces Emecé-Idartes con su novela "Nadie grita tu nombre", que en 2018 fue nominada al V Premio de Narrativa Colombiana de la Universidad Eafit.

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