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El Malpensante

Editor Korazón

Ratón de biblioteca

Tercera entrega para el "Editor Korazón"

Si usted muere hoy, ¿en dónde pasará la eternidad?

Señor K:

Ser uno de los doce apóstoles es el mayor orgullo de mi vida. Por eso, una vez más, le escribo para agradecerle su voto de confianza en mí y para que me ayude. Quiero llevar a cabo con eficiencia, pero sobre todo con sabiduría, la misión que me ha sido encomendada. Dicen que el que no busca consejo de sus mayores no llega a la otra vida y en este camino me he encontrado con situaciones que superan mi entendimiento. Señor K, ayúdeme a desenredar esta diabólica madeja.

Por petición del jefe de sección, he ido a la biblioteca pública del centro. En un principio dudé de la recomendación de aquel hombrecillo entre otras cosas porque casi nunca entiendo lo que me dice. Al hecho de tener que inclinarme para escucharle, súmele, señor K, el hecho de que no habla, sino que susurra. He leído en un libro de historia que esa es una costumbre común en esta gente sudamericana, así que siempre me esfuerzo por levantar sus palabras del suelo y así me evito líos. Le ha sido encargada la Luis Ángel Arango, me dijo, comienza mañana. ¿Una biblioteca?, ¿por qué allá?, le pregunté. Le sorprendería la cantidad de personas que hemos reclutado en ese lugar, me explicó con una cara seria que a los pocos segundos recuperó su inexpresividad de siempre.

No le creí al hombrecillo, pero al final le hice caso. Usted me ha enviado a esta ciudad para ayudar, para ser útil y no para comenzar motines. He aceptado mi misión sin chistar y me he adentrado en la biblioteca. Por eso le escribo. Usted me ha enseñado bien, me ha entrenado para casi todo lo que me he encontrado en esta ciudad y gracias a ello el mensaje ha sido entregado en repetidas ocasiones. ¡Ah!, ¡pero lo que me he encontrado en la biblioteca, señor K! ¡Para eso no me han preparado los manuales!

Para tener una aproximación más precisa adopté una rutina. Voy todos los días a la biblioteca: llego a las ocho de la mañana y salgo a las seis de la tarde. Como entre las doce y la una en un lugar cercano en donde venden corrientazos –un menú barato, para que me entienda, señor K–. Al segundo día de observación noté el siguiente patrón, que confirmé a lo largo de la primera semana.

A las diez de la mañana llega el primero de los desamparados. Un metro noventa de estatura, quizás ciento veinte kilos. Pero no se deje in...

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