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El Malpensante

Portafolio gráfico

Flor de Roca

Texto y fotografías de la autora

Algunas exploraciones sociales desembocan en hallazgos esotéricos. Una fotógrafa se acerca al oficio de los guaqueros y esmeralderos de forma elusiva, mirando hacia un costado en lugar de enfocar de frente. Logra así capturar atmósferas y destellos inusitados para un fotorreportaje.

Ese quinceavo de segundo.

Una vez que has estado ahí, siempre quieres volver.

Anders Petersen

 


Cuando nos casamos, los padres de mi esposo me regalaron unos pendientes de esmeraldas. Al entregármelos, mi suegro se me acercó y me dijo que no los dejara guardados y en verdad los usara, porque irradiaban una buena energía que podía neutralizar los campos negativos.

Los pendientes tuvieron su efecto magnético. Algún tiempo después de empezar a usarlos, en 2017, decidí viajar a la zona esmeraldera de Boyacá, de donde se extrae la mayor cantidad y con la mejor calidad de piedras en el país –el orgullo nacional, las mejores esmeraldas del mundo–. Buscaba acercarme a la minería al aire libre y a los métodos artesanales de extracción, que van desapareciendo poco a poco (además de recuperar las creencias populares sobre la esmeralda, que van más allá de su valor económico y que resaltan su enigmático poder).

La esmeralda no tienen ningún uso industrial, su único valor es la belleza y su única aplicación el poseerlas. Desde la época prehispánica ha estado ligada a la historia de esta tierra, arrastrando consigo alegrías, penas y conflictos. El más reciente fue la llamada “guerra verde”, que comenzó en los años setenta y tuvo una breve tregua cuando se firmó la paz entre familias esmeralderas en 1990; un conflicto que no tuvo mucha visibilidad en los medios, porque el narcotráfico –que también metió la nariz en este negocio– lo opacó.

Entre Muzo y Otanche, los pueblos que visité en Boyacá, habitaban los indígenas muzos, que siempre estuvieron vinculados a la minería y veneraban las esmeraldas, parte importante de su cultura y cosmogonía. Según el mito, Ares, el dios supremo, creó a Fura, una mujer, y a Tena, un hombre, como padres de la humanidad. Un día apareció Zarbi, un joven apuesto en busca de la flor de la juventud –una orquídea, tal vez–, y pidió a Fura que lo acompañase a la montaña en su búsqueda. Ella accedió y una vez en la cima le fue infiel a Tena, quien mandó matar a Zarbi y obligó a Fura a cargar con el cadáver durante ocho días. Las lágrimas de Fura penetraron la tierra y se transformaron en esmeraldas, y sus gritos en mariposas azules. Tena enloqueció, la mató y luego se suicidó. Ares transformó sus cadáveres en peñascos, de donde se extrae la flor de roca y que llevan sus nombres: Fura y Tena. 

Los supersticiosos dicen que la esmeralda solo se deja encontrar por quien ella elige. Las mariposas azules pueden ser una señal, porque los gritos de Fura siempre están cerca de sus lágrimas, y aunque no hay un método científico para detectarlas, sí existen condiciones favorables para su búsqueda. Los guaqueros, recolectores informales de la piedra al aire libre, están a la espera de que la lluvia remueva la tierra. Y yo, con mi cámara, seguía a esos grupos que crecían al día siguiente de un aguacero.

A través de estas imágenes no busco documentar la práctica minera directamente, sino que el espectador sienta ese instante de encuentro con la piedra, que está rodeado de enigma. Es la llamada “fiebre verde”: cuando surte efecto, surge un vínculo espiritual con la naturaleza, un flujo energético entre piedra y ser humano. El tiempo se dilata, un brillo inunda al afortunado. Los guaqueros persiguen esa sensación. Luego de encontrar una piedra ya no es posible dedicarse a otra actividad. Yo misma he sentido el hechizo al hallar una, desgraciadamente minúscula, que produjo en mí la necesidad de buscar más.

En mis fotos, yo utilizo los tonos de ese embrujo verde asociados a la esmeralda, que reproducen a su vez la gran cantidad de tonos que se aprecian en la zona. Mis imágenes están en clave baja, con alto contraste en blanco y negro, y enfatizan la estética paisajística del lugar. En contraposición a la gama de verdes, manejo el color opuesto en el círculo cromático: el rojo, siguiendo la idea de una tierra de contrastes, no solo en el plano paisajístico, sino también en el conceptual. Con él busco resaltar las realidades opuestas que encuentro donde, al mismo tiempo, se acumulan una gran riqueza y mucha miseria. De cierta manera el rojo genera un mundo más irreal, onírico, astronómico.

 

***

El dueño del hotel en que me hospedé en Muzo parecía mucho mayor de lo que era. Había sido minero durante treinta años, antes de que la fatiga lo obligara a desertar y a montar este negocio con su esposa. Él fue mi puente con los guaqueros de la zona. Por la mañana me llevaba adonde, desde temprano, comenzaban con la remoción de tierra y agua –elementos fundamentales en mis fotos–, y volvía por mí en la noche. La zona, sin embargo, permanecía en tinieblas a plena luz del día, entre la tierra negra, la montaña escarbada e igual de negra y las carpas para protegernos del sol. Esa atmósfera y esa oscuridad también llenan mis fotos.

“Nosotros no somos mineros, sino recicladores”, me dijo alguna vez uno de los guaqueros. En la minería industrial se muerde la montaña con unas excavadoras gigantes, los restos de tierra se descartan y el agua los arrastra montaña abajo. En las faldas, los guaqueros remueven con palas todo ese residuo que cae hasta encontrar los restos de esmeralda que no hallaron los mineros en la parte alta. Sus sistemas son muy precarios, pero funcionales: mangueras, palas y mallas. Casi todos sus hallazgos son piedras muy pequeñas, pero de vez en cuando alguno se “enguaca”, es decir, encuentra la grande. Y bueno, la mayoría de guaqueros están superendeudados, a diferencia de los mineros, que tienen un sueldo fijo. Si no encuentras nada, no tienes nada. Pero entonces te enguacas, celebras, cubres tus deudas y vuelves a empezar.

Luego de haber explorado Muzo lo suficiente, decidí ir a un pueblo cercano: Otanche. Mi intención es también conocer a fondo las minas de Chivor y Gachalá, donde todavía estoy dando mis primeros pasos. Aunque ya tengo un contacto: una guaquera –este es uno de los pocos oficios, muy demandantes en cuanto a lo físico, en el que abundan mujeres– con quien hice amistad y a quien quiero retratar eventualmente. Pese a todo, en esta serie el retrato no es frontal: la presencia humana se desliza en las márgenes.

Pero para mis fotos no me limité a entablar relaciones con guaqueros. También me acerqué a los mineros, quienes trabajan en los cortes hechos a la montaña y enfrentan circunstancias con otro tipo de dificultades: dentro de esas incisiones hace tanto calor, hay tan poco oxígeno y las condiciones son tan duras que solo pueden quedarse durante pequeños lapsos. Mientras esperan su turno, para distraerse, pero también como un simulacro de amuleto, hacen nudos con la poca vegetación que encuentran alrededor.

Las imágenes surgen a partir de estos encuentros, pero no son un trabajo de reportería gráfica; más bien, son una aproximación muy personal, en la que también apelo a maquetas y puestas en escena, recursos que surgen de traducir los relatos de quienes voy conociendo y de mi propia experiencia. Espero que esto resulte ser una especie de cartografía, el contacto con un oficio a través de un conjunto de imágenes mentales. Algunas de ellas surgen in situ –las hacemos juntos con los personajes que aparecen en ellas–, otras las traduzco sola. Así, construyo mediante metáforas y apelo a la emoción, en lugar de la anécdota, como una forma de narrar que me permite acercarme a la realidad social.

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Ana Núñez Rodriguez

Lugo, España, 1984. Magíster en fotografía documental y creación contemporánea de la IDEP Barcelona.

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