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El Malpensante

Breviario

Carbono 14

Ex jefe de estado colombiano fusilado en méxico por la guerrilla

Carbono 14

José María Melo (1800-1860), chaparraluno, general de Simón Bolívar, prócer de la Independencia, presidente efímero y precursor del socialismo a lo Blanc y Proudhon en Colombia (el año pasado hubo quienes quisieron reemplazar el habitual rostro del Che Guevara por el suyo en la plazoleta de la Universidad Nacional), es el único expresidente colombiano que aún en la muerte permanece exiliado. En honor de sus victorias y derrotas, contamos con el retrato y la caricatura realizados por su tocayo, José María Espinosa Prieto. El primero muestra al general a horcajadas –es decir, todavía con las riendas en sus manos– sobre su caballo, tal vez uno de los que sacrificó con tal de no dejarlo ensillar por enemigos el día en que le hicieron abdicar de su fugaz presidencia. La segunda representa su caída –demasiado literalmente, quizás– ante la coalición de liberales y conservadores. Como caballo viejo no aprende nuevos trucos, y Melo era hombre de agarrar bayonetas y no soltar ideales, una vez expulsado del país terminó en México entre las filas del Benemérito de las Américas, Benito Juárez.

General José María Melo. (1854) Acuarela de José María Espinosa.

Los recientes acontecimientos en el sur de México han puesto sobre el tapete la tradición guerrillera de la nación azteca. Por participar en uno de aquellos episodios fue capturado y fusilado en la población de Juncaná el exgeneral, y Jefe Supremo, José María Melo, oriundo de Chaparral, Tolima, quien alcanzó a gobernar Colombia por escasos ocho meses entre el golpe de Estado que lo llevó al poder y su derrocamiento por un frente nacional de liberales y conservadores al mando del general Herrán. Los sucesos que lo llevaron a la tumba no tuvieron ocurrencia en enero de 1994 [fecha de la nota] sino en junio de 1860. Tras haber sido juzgado y condenado por el Senado, Melo marchó al exilio dejando su patria en las riberas del río Chagres, que aún formaba parte de Colombia, perseguido por Costa Rica, El Salvador, Nicaragua y Guatemala, en medio de grandes sufrimientos. Prosiguió su destino hasta México, donde penetró a través de la frontera con Guatemala, y gracias a sus convicciones liberales consiguió que el gobernador Corzo y luego el presidente Juárez lo incorporaran a las filas legitimistas con el grado de general de división.

No se trataba de un militar cualquiera. Había participado en las más grandes batallas de la Independencia americana: Bomboná, Pichincha y Ayacucho, y había hecho estudios de milicia en Alemania. Sin ser un hombre de partido, sus profundas convicciones liberales le granjearon la confianza del presidente Obando y, más tarde, lo llevaron a enrolarse en las tropas regulares del ejército mexicano, gobernado entonces por uno de los más grandes liberales de América, Benito Juárez, en lo que se conoce como la guerra de Reforma. En realidad, la aventura mexicana era una nueva guerra de independencia contra la invasión francesa que había coronado como emperador de México al príncipe austríaco Maximiliano de Habsburgo.

La semejanza con lo que viene ocurriendo en México no deja de llamar la atención. Chiapas era entonces, como ahora, una región inhóspita del sur de México, en la frontera con Guatemala, en donde los indígenas morían por centenares, víctimas de la tuberculosis y el tracoma. Una guerrilla conservadora entrenada en Guatemala al mando de un tal Ortega cruzó en forma furtiva la línea fronteriza y sorprendió a Melo en una emboscada, en la que unos pocos reclutas inexpertos lo dejaron a merced de los insurrectos, bien equipados y escogidos con sumo cuidado.

Melo murió al estilo del Che Guevara, en Bolivia. Malherido en la hacienda de Juncaná, donde se había refugiado, el jefe de la banda dio orden de rematarlo sin fórmula de juicio. Fue un vil asesinato en el que salvó la vida uno de sus hijos, cuya descendencia, por lo materno, es hoy en día mexicana.

Un estudioso colombiano, el profesor Gustavo Vargas Martínez, ha seguido minuciosamente a través de los años la trayectoria de Melo. Buscó, sin éxito, sus restos, en compañía de Gabito, en la antigua hacienda de Juncaná en donde se dice que fue sepultado.

El mismo profesor, que ha sido mi principal fuente de información, escribió un folleto en el que califica a Melo como el precursor del socialismo en Colombia. Pienso que se trata de un desarrollo de las tesis del polígrafo Antonio García, quien había esbozado la misma interpretación con anterioridad. Más aún, como se recuerda, Antonio García tuvo una influencia nada desdeñable en el gobierno del general Rojas Pinilla, quien adoptó, a raíz del 13 de junio, el mismo título de Jefe Supremo que ostentara Melo durante su breve mandato. Ambos fueron populistas con asesores de la talla de García, en el caso de Rojas, y de Obregón, en el caso de Melo.

La historia es bien curiosa. En 1854 estaba de moda desacreditar al Congreso, como ocurre periódicamente. Melo le propuso a Obando que revocara el mandato de senadores y diputados, procediera a reformar la Constitución y diera un viraje a fondo contra el neoliberalismo de la época, que estaba arruinando las nacientes industrias neogranadinas. Obando se negó al fujimorazo y Melo, asistido por unos pocos intelectuales de izquierda, asumió el poder apoyado por las sociedades democráticas de artesanos, como quien dice, los sindicatos de la época. Desde los primeros días de su jefatura del Estado fomentó la lucha de clases y consiguió robustecer el débil ejército nacional con milicianos del artesanado bogotano. Derrotó a la coalición de liberales y conservadores en la batalla de Zipaquirá, pero se replegó sobre la sabana y perdió la guerra en un segundo encuentro en las calles de Bogotá. Rueda Vargas nos relata poéticamente el final de esa aventura: “El 4 de diciembre, al sentirse abandonado, perdido, bajó las escaleras de su cuartel de San Francisco, las mismas que todas las mañanas subía el zaino para mirarse en el espejo de su amo, y mató a sus caballos favoritos con su propia mano... y libre ya del mayor de los temores que afligen a todo montador de sangre: que un chambón pueda usar sus cabalgaduras, izó bandera blanca y se entregó sin condiciones al enemigo”.

Doscientos artesanos que participaron en la batalla fueron desterrados más allá del río Chagres, reducidos a la miseria. La mayor parte murió en la selva, devorados por las fieras.

Los más aguerridos, un herrero, un sastre y un zapatero, murieron en la refriega callejera. El tema no es totalmente inactual.

 

El Tiempo, editorial-opinión

Por Alfonso López Michelsen

30 de enero de 1994

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