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El Malpensante

Música

Bailar a Van Van

El sonido de una de las orquestas esenciales de la música cubana se ha reinventado radicalmente a lo largo de más de cuatro décadas de historia. ¿Cómo interpreta un bailador esa metamorfosis? Un ensayo escrito con los pies, en el mejor de los sentidos.

©Ilustración de Marcianita Barona

Aprendimos a bailar sin música, a los quince o dieciséis, en el patio central de un internado de mil alumnos, donde todos fuimos perdiendo alegremente la virginidad. Se llamaba el Carlos Marx y quedaba en Matanzas, un pueblo a tres horas de La Habana. Practicábamos en la noche, asustados por el descubrimiento de nuestros cuerpos, la danza clandestina del sexo, y de día nos iniciábamos en el mundo paralelo del baile, igualmente vasto y sensual, sin más canciones que las que giraban en el rotor de nuestras cabezas. Van Van, casi siempre.

Cada vez que las clases nos daban un respiro, armábamos gigantes ruedas de casino de veinte o treinta parejas, en las que algún condiscípulo avezado capitaneaba con órdenes de vueltas específicas y el resto intentaba ejecutarlas lo mejor posible. No existía aún la sincronización, no existía el ritmo ni el quiebre ni, mucho menos, el estilo personal. El casino –cuya versión comercial es la salsa– era apenas su propio esqueleto, el tenaz aprendizaje de los fundamentos y el silencio como música de fondo, esa canción interminable con la que se puede ensayar hasta el desmayo.

No es un dato menor. En el corazón del casino, contrario a lo que parece, hay siempre un punto de inconsciencia y silencio, un segundo de introspección en que el bailador se remite a lugares donde probablemente nunca estuvo. El baile es escritura corporal, trazo que se deshace sobre sí mismo, y la discografía de Van Van es para los cubanos una suerte de alfabeto sonoro en el que cabe cualquier expresión, desde el estilo más convencional hasta el más transgresor. Van Van, a lo largo de cuarenta y tantos años, no solo ha sido indistintamente muchas orquestas, sino que ha sido orquestas contradictorias entre sí, con lo que ese coctel de formas queda completamente justificado.

Es una agrupación que, desde su irrupción en 1969, innova dentro del formato clásico de la charanga. Juan Formell sustituye la flauta de cinco llaves por la flauta de sistema, introduce el bajo y la guitarra eléctrica, revitaliza el tratamiento de las cuerdas, con una función menos melódica, y configura su estilo sobre la base rítmica de la percusión, con el bajo a contratiempo y el piano otorgándole a la banda un timbre decididamente único.

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Carlos Manuel Álvarez

Es columnista de OnCuba. En 2013, publicó el libro de relatos "La tarde de los sucesos definitivos". En 2014, fue finalista del Premio de Crónica Nuevas Plumas.

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