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El Malpensante

Columna

Enamorarse de putas

Muchas prostitutas han marcado las vidas de sus clientes más allá de las horas de trabajo. ¿Cuáles son las razones?

La Bella Otero en una postal, circa 1900 • ©Studio Reitlinger

 

Bajo el imperio de Justiniano, en el siglo VI, para controlar abusos contra las prostitutas se prohibieron el proxenetismo y los burdeles en Constantinopla. Preocupada por la suerte de mujeres atrapadas en el comercio sexual, muchas de ellas vendidas por sus padres a los intermediarios, Teodora, la esposa del emperador, convirtió un antiguo palacio sobre el Mar Negro en un albergue llamado Matenoia (arrepentimiento) para convertirlas. Garantizó los recursos para mantener a unas quinientas mujeres que se alojaron allí.

La misma emperatriz había sido cortesana. Desde el momento en que la vió, Justiniano se enamoró de ella. Las objeciones de la tía Eufemia, entonces emperatriz, y la ley romana que prohibía a los senadores casarse con prostitutas –indicio de que lo hacían– le impidieron vivir con ella de inmediato. Gracias a un cambio legislativo a su medida pudo hacerlo.


Teodora no fue la primera meretriz casada con un hombre poderoso enamorado, ni sería la última. Thais, prostituta y amante de Alejandro Magno, se convirtió en reina de Egipto al casarse con Tolomeo. La fama de Aspasia, hetaira de Atenas, llevó a Pericles a buscarla para iniciar con ella una relación, abandonando esposa y dos hijos.

Nell Gwyn, nacida en Londres a mediados del siglo XVII y descrita por la Enciclopedia Británica como la antítesis viviente del puritanismo, fue la hija de una prostituta alcohólica. Antes de los veinte años, cuando ya contaba con un abanico de clientes y amantes dentro de la nobleza, conoció en el teatro al rey Carlos II. En la taberna a la que fueron después de la función, uno de sus amigos tuvo que pagar la cuenta pues su majestad estaba sin un penny. “Me tocó el compañero más pobre desde que vengo a este sitio”, se quejó Nell. A pesar del percance, se convirtió en su favorita por dos décadas, dándole dos hijos e instalándose al final en Windsor.

Victoria Woodhull fue la última de siete hijos de una norteamericana analfabeta que se comunicaba con los espíritus. Heredó esos dones y desde niña vio ángeles y predijo el futuro. Cuando tenía solo quince años, el doctor que la atendió después de haber sido violada se enamoró de ella y se casaron. Al convertirse luego en un borracho, derrochador y mujeriego, la obligó a prostituirse. A sus veinte, Victoria conservaba intacto el sex-appeal que le permitió practicar una extraña mezcla de asesoría psicológica con servicios sexuales. Cuando el coronel James Harvey Blood, veterano de la guerra civil, la visitó para una consulta lo sedujo en cinco minutos. Tan pronto él se recostó, ella entró en trance, previó su futura unión y se lo llevó a la cama. Ambos se divorciaron de sus parejas para irse a vivir juntos. Dos años después, Victoria recibió otra orden del más allá. Debía ir a Nueva York para ocuparse de Cornelius Vanderbilt, de 76 años. Lo atendió en dúplex con su hermana y el magnate quedó tan agradecido que les montó su propia firma de corretaje. Con ese impulso, las Finance Queens hicieron una fortuna.

En habilidades seductoras, la plusmarquista universal de cualquier época fue la Bella Otero. Su insólita carrera, iniciada con un catalán que fue su amante y proxeneta, es ilustrada por la celebración, en 1898, de su trigésimo aniversario con varios de sus enamorados: el zar Nicolás II de Rusia, Leopoldo II de Bélgica, Eduardo de Gales –heredero de la reina Victoria–, Alberto I de Mónaco y Nicolás de Montenegro. Agustina, así se llamaba, también conquistó al sha de Persia y desfloró a Alfonso XIII, de diecinueve años, quien no la olvidó y la hizo luego su amante oficial. En el sector privado logró enamorar a William Vanderbilt, a Gaudí y a Gustave Eiffel. En Cuba se dice que inspiró un poema de José Martí. Un príncipe ruso le envió en una ocasión un millón de rublos con una nota: “Arruíname, pero no me dejes”. Ya cincuentona, le seguía llegando mensualmente dinero de un benefactor anónimo y calmaba los bríos de Aristide Briand, político francés precursor de la unidad europea y tan aficionado al placer como ella.

¿Cuál era su secreto? Quienes la vieron, aún de lejos, la recordaron toda la vida. Para los periodistas que la entrevistaron, o los artistas que hicieron su retrato, o los magnates que dilapidaron fortunas por llevarla a la cama, la respuesta es simple. Maurice Chevalier la resume: “Escriba sexo con mayúsculas cuando hable de la Otero. Eso emanaba de ella. Me gustaría haberla conocido mejor. Fue la mujer más peligrosa de su tiempo”. Un famoso escenógrafo que la entrevistó diría: “Todo lo que hay que hacer es raspar la superficie con una navaja para quedar al frente de una descontrolada y lujuriosa pantera en celo”.

En ligas menores y entornos más cercanos, Emma Blanco, dueña del burdel La Gardenia Azul en Barranquilla, mantuvo un intenso romance con el subjefe del Servicio de Inteligencia de Rojas Pinilla, quien en una inspección al establecimiento cayó rendido con un flechazo fulminante. El romance terminó en unión libre y cesión parcial de la propiedad, prerrogativa que el oficial aprovechó para enamorar a sus trabajadoras sexuales. Acabó viviendo con una de ellas en el exterior. Como consuelo, Emma se ennovió con un general de la policía. “Él iba a dejar su carrera por mí. Yo le dije: ‘No lo hagas’. Agradecido, desde Bogotá dio órdenes de que nadie se podía meter conmigo”.

Patricia, quien dice haber sido amiga de Álvaro Cepeda Samudio, surtió y administró varios establecimientos. Cuenta que “a muchas las sacaron de los burdeles y se las llevaron a vivir... Simplemente llegaban al negocio, veían una mujer bonita y se enamoraban de ella porque el amor no tiene barreras”. A una de sus pupilas, “todas las noches su prometido le pagaba la pieza para que ella no se acostara con ningún hombre. Romántico, ¿no?”.

Dieter Kleiber, psicólogo, y Udo Gerheim, sociólogo, ambos alemanes, señalan en sendos estudios que ciertos hombres buscan establecer relaciones afectivas con las prostitutas. Con frecuencia las califican como inteligentes, tiernas, divertidas, y las consideran mujeres que valdría la pena conocer mejor. El comportamiento de los clientes durante los encuentros corrobora estas impresiones, pues no está exento de la búsqueda de vínculos más allá de lo sexual. En su trabajo, Kleiber encontró que las dos terceras partes de los johns repiten por encima de cincuenta veces con la misma mujer; una cuarta parte de ellos tuvo más de cien encuentros reincidentes.

Una encuesta realizada por la Universidad Externado en 2007, con cerca de 300 clientes de prostitutas en Bogotá, mostró que más del 20% contacta siempre la misma mujer y ha estado enamorado de una de ellas. Un porcentaje similar ha mantenido una relación formal, un amor de burdel.

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Mauricio Rubio

Columnista de El Malpensante y La Silla Vacía. Es investigador de la Universidad Externado de Colombia.

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