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El Malpensante

Gastronomía

Historia plural de la pasta

Muchas historias se tejieron a lo largo de siglos para que la pasta llegara hasta nuesta mesa. El anecdotario personal del autor reúne algunos fragmentos del extenso recorrido que ha experimentado el más italiano de los platos.

© Adoc-Photos • Corbis

 

Para hablar de la pasta empiezo por decir que mi familia tiene lo que yo llamo “italianismo positivo”: los primeros síntomas los presentó mi hermana Ligia, poetisa y maestra de escuela en Anorí, mi pueblo natal. Al terminar las clases diarias ella se reunía con nuestro tío Arturo Peláez, que era el alcalde –imaginativo narrador, gallero de profesión, aunque tampoco despreciaba el guachaqueo de las muelas de santa Apolonia–, y ambos se recostaban en taburetes de vaqueta contra la pared exterior de la alcaldía “a ver pasar la gente”, siempre la misma, en tediosa escena repetida y repetida, como sacada de versos del “Tuerto” López.

En una de esas tardes sucedió algo fuera de lo común: vieron atravesar lentamente la plaza a un hombre alto, muy bien parecido, con indudables trazas de ser extranjero, vestido de explorador (chaqueta safari, botas altas, sombrero de corcho), caballero en filosófica mula, de esas que se detienen a pensar en las inequidades de la vida mientras mordisquean un manojo de yerba. Mi tío señaló al recién llegado estirando los labios, mientras le decía a mi hermana:

–Te tenés que casar con ese tipo.

–¿Y vos lo conocés?

–No. Es la primera vez que lo veo... Pero más vale calavera de míster que antioqueño entero.

La historia sería irrelevante, un mero chiste flojo, si mi hermana no hubiera terminado casándose con el médico radiólogo Gustavo Nascimbene, nacido en Pinerolo, tranquilo pueblito del norte de Italia desde el que se ve correr el río de los crucigramas, el majestuoso y traicionero Po. Nascimbene se vino para Barranquilla a escampar fascismo mussoliniano, y había decidido ir a Anorí a tratar de encontrar oro mientras descansaba de los efectos malignos de los rayos x. El matrimonio duró casi cincuenta años (la muerte los separó) y Nascimbene solo comía a gusto cuando su esposa paisa le preparaba comida italiana.

Mi hermano mayor, Eduardo, murió solterón porque una italiana, Iris Vivenzi, no se quiso casar con él. Mi primer hijo considera que la esposa ideal debe ser italiana, cocinar como su madre (Edipo culinario) y saber m...

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Guillermo Angulo

Fue director del periódico 'Ciudad Viva' y actualmente regenta la Orquidiócesis de Tegualda.

Junio de 2012
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3

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4

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5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

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Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

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2

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