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El Malpensante

Gastronomía

Antonin Carême

Cocina de reyes

El padre indiscutido de la cocina francesa moderna alimentó a las grandes figuras de la realeza a principios del siglo XIX. Después llevó la alta gastronomía a las mesas de la nueva burguesía, y luego, a través de sus libros y recetas, al mundo entero. Aquí, un retrato del gran cocinero francés.

Intervención de ilustraciones de Magdalena Santa Cruz

 

Mil doscientos comensales, huéspedes nobles del príncipe Talleyrand, paladeaban sabores sofisticados en el banquete que esa noche se ofrecía en honor de Alejandro I, zar de Rusia. El anfitrión quería sorprenderlos a todos y ufanarse de su gusto exquisito. Por eso desplegó música, manteles y cubertería. Por eso coronó la fiesta con esa desmesura alimentaria.

Por la noche, complacido, el zar pidió a Talleyrand que lo llevara a conocer su palacio de verano. Durante el recorrido quiso conocer también los fogones, el laboratorio de donde habían salido tantas maravillas, y el príncipe lo condujo hacia la enorme cocina humeante donde más de doscientos cocineros se descubrieron las cabezas apenas los vieron entrar. Todos hicieron la debida reverencia, menos uno: el chef, el hombre que estaba erguido junto a las cacerolas, que llevaba un uniforme bien planchado y mantenía en su lugar, con arrogancia, un alto sombrero blanco bordado con flores de oro.

Alejandro I, ofendido, interrogó al dueño de casa:

–¿Quién es este insolente?

Talleyrand respondió con la verdad magra:

–La cocina, Majestad.

En el principio fue el hambre. Marie-Antoine Carême, llamado Antonin, nació en junio de 1784, en los años convulsos que precedieron a la Revolución Francesa. Durante toda la década el país vivió una crisis severa. Miles de familias padecían la miseria y la desesperanza, no había trabajo, el alimento escaseaba y el padre de Antonin, angustiado, con quince hijos, un día tiró la toalla y dijo no más: antes de ver a los niños muriendo de hambre bajo su techo, decidió llevarlos a la calle, donde quizá podrían sobrevivir. Antonin, de nueve años, escuchó de su padre argumentos que hablaban de una situación difícil. Y en una esquina de París, sin mayor ceremonia, el viejo lo abandonó dejándole su única herencia: “El ánimo para que me labrara un destino”.

Antonin vagó por las calles de la ciudad y, frente a la taberna La Fricassée de Lapin, rendido, se tendió sin fuerzas sobre la acera. El dueño lo descubrió por la noche, a la hora...

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Comentarios a esta entrada

Candy Vargas

Woooooow  súper interesante

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Sinar Alvarado

Su reportaje sobre el "comegente" de Táchira ganó en 2006 el premio Random House Mondadori.

Marzo de 2012
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