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El Malpensante

Teatro

Violencia

Tres vueltas al teatro

Traducción de Margarita Valencia
Nada peor para un director que ver al público salir completamente ileso del teatro. Un proceso sistemático de autodestrucción, durante el acto creativo y los ensayos, puede ayudar a conseguir el efecto contrario.

© Valerie Remise | Productions Nebbia Inc.

 

Hay una verdad elemental relacionada con todas las iniciativas y los actos creativos, cuya ignorancia mata las ideas y los planes más espléndidos: en el momento en el que uno definitivamente se compromete, la Providencia también se moviliza.

Suceden toda clase de cosas que lo ayudan a uno y que nunca habrían ocurrido. De la decisión surge toda una corriente de acontecimientos que provocan a favor de uno toda suerte de incidentes imprevistos y de reuniones y de ayuda material, tales que ningún hombre habría soñado que vendrían en su ayuda.

Lo que sea que puedas hacer, o sueñes que puedas hacer, empiézalo. La osadía trae consigo el genio, el poder y la magia.

Goethe

 

Al observar al director Robert Wilson durante un ensayo me di cuenta por vez primera de la necesidad de la violencia en el acto creativo. Fue durante la primavera de 1986 y hasta ese momento nunca había tenido la oportunidad de observar a otro director ensayando con actores.

Se trataba de la producción del Hamlet Machine de Heiner Müller a cargo de los estudiantes de pregrado de actuación de la Universidad de Nueva York. El ensayo debía comenzar a las 7 p.m. Llegué temprano y me encontré con un ambiente desenfadado. En la última fila del teatro, los estudiantes de postgrado y los profesores esperaban ansiosos, lápiz en mano, la entrada de Wilson. En el escenario calentaba un grupo de jóvenes actores. A un lado del escenario, tras un batallón de mesas largas, se sentaba un grupo de supervisión de escenas. Wilson llegó a las 7:15. Se sentó en las graderías, en medio de la agitación y del ruido, y procedió a mirar atentamente hacia el escenario. Todos se callaron poco a poco y el silencio se volvió penetrante. Después de casi cinco minutos insoportables de absoluta quietud, Wilson se levantó, caminó hacia una silla en el escenario y la miró detenidamente. Después de lo que a mí me pareció una eternidad, se agachó, tocó la silla y la movió menos de un centímetro. Cuando retrocedió para mirar de nuevo la silla, me di cuenta de que me costaba trabajo respirar. La tensión en la sala era palpable, cas...

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Anne Bogart

(1951) es directora de teatro americana. Este texto es el capítulo dos de su libro A Director Prepares: Seven Essays on Art in Theatre.

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