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Margaritas

Deshojan Yolanda Reyes y Ángel Unfried

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Me gusta mucho

Tener un editor y no simplemente un “publicador”. Entre esas dos figuras existe la distancia que hay entre el médico de la casa y la medicina prepagada, pero así como el ojo clínico ha sido desplazado por el examen de diagnóstico, los editores parecen estar en vías de extinción. Me refiero a los que se involucran con sus pacientes –porque los escritores somos igual de vulnerables– y manejan nuestras patologías y nos acompañan durante el alumbramiento. Los que no se conforman con mandarnos un contrato, una fecha de entrega y unas pruebas salpicadas de rojo, sino que nos revelan lo que no vemos por falta de distancia: la posibilidad y los obstáculos. Los que creen en sus autores, pero no tanto como para dejarse seducir por sus juegos de palabras, ni tan poquito como para terminar de escribir sus manuscritos. Los que nos hacen recortar sin compasión o roer de nuevo el hueso, aun a riesgo de perdernos. Los que se la juegan con nosotros y nos brindan la confianza para explorar caminos que no hemos transitado, así no vendamos lo que venderíamos si repitiéramos la fórmula que ya nos funcionó (y no queremos que siga funcionando). Esos que valoran la voz de los autores y no solo las cifras del mercado, aunque hagan lo imposible por vender los libros que les damos. Esa curiosa mezcla de amigo y consejero que nunca ve el lector, pero cuya ausencia termina reflejándose en tantas páginas que podrían ser muchísimo mejores si, en vez de publicador, hubiéramos tenido un editor.
 
 
Poquito
 
Las casas de revista, o mejor dicho, las fotos de las casas que aparecen en las revistas con nombres tipo Loft, y que parecen pertenecer a cuerpos gloriosos. Intento adivinar quién se sentará en un sofá tan blanco y quién mirará esos libros decorativos, abiertos casualmente sobre la mesa de diseño de la sala. Me aterra imaginar lo que sucede si alguien frita un huevo en esa cocina donde brillan una tetera sin estrenar y un frutero con frutas esenciales que nadie probará, so pena de ser expulsado de semejante paraíso de la asepsia. Me perturban esas camas en donde nadie parece haber dormido, soñado ni hecho lo que casi todos hacemos en la cama, y me intimidan esos clósets con esa ropa organizada por colores, como en las tiendas de Manhattan, y me dan pánico esos baños, en donde a nadie podría caérsele un pelo y nadie osaría secarse con esas toallas sin estrenar. Me...

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Ángel Unfried

Director de la revista El Malpensante. Ha colaborado en Diners, Shock, Bacánika, La República y El Heraldo. Editor y relator de varios talleres de la FNPI.

Marzo de 2009
Edición No.95

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

La escritura como seducción

Por El Malpensante

3

Taller Malpensante de Escritura

Por El Malpensante

4

Un débil abrazo

Por Carlos Páramo

5

En la muerte de los blasfemos

Por Mario Jursich Durán

1

Salir con chicas que no leen/ Salir con chicas que leen

Por Charles Warnke

2

El calígrafo

Por Alexandru Ecovoiu

3

Sombra

Por Ruven Afanador

4

Loca carrera de los optimistas

Por

5

El proletariado de los dioses

Por Paul Brito

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Publicado en la edición

No. 120



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Publicado en la edición

No. 158



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Los hombres me explican cosas


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Publicado en la edición

No. 164



Una especie de autoridad intelectual masculina, basada exclusivamente en el género, es una de las formas más sutiles y a la vez violentas de discriminación hacia las mujeres. Para [...]

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Publicado en la edición

No. 77



¿Y al doctor quién lo ronda? Pues lo ronda, entre otras cosas, una peligrosa tentación en la que muchos caen. Ésta es la impresionante crónica de un anestesista que [...]

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