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Ensayo

Tres piedritas hepáticas

De manufactura muy diversa, pero igual de encantadora, este trío de ensayos aborda la música, el cine y el sentido del gusto (incluyendo el gusto por el arte) con un ingenio prodigioso. Un conjunto lleno de placeres anecdóticos para el curioso y formales para el esteta.

 

 Ilustraciones de Paula Niño

Digesto

A Margo Glantz, autora del epílogo.

Epígrafe. “Si tu gusto gustara del gusto que gusta mi gusto, mi gusto gustaría del gusto que gusta tu gusto. Pero como tu gusto no gusta del gusto que gusta mi gusto, mi gusto no gusta del gusto que gusta tu gusto”.

Oda. Admirable la gente que soporta con estoicismo y valentía, incluso con orgullo, el fardo de herencias familiares como la obesidad, el pequeño negocio a punto de la bancarrota, las carreras técnicas, la carga de unos primos segundos perdidos en el alcohol, el arsenal de figuras despintadas de cerámica en cajas de cartón, las copias de retratos de payasitos que lloran inconsolablemente tras un marco de hoja de oro descarapelado.

Aún más admirables los hombres que pueden, a su vez, admirar a la gente que soporta la cruz del mal gusto en sus vidas. Y digo “aún más admirables” porque el papel de quienes pretenden diferenciar entre buen y mal gusto no es enfrentarlos, sino reconciliarlos. Alguien más o menos enterado de la engañosa simetría axial del arte, que separa lo vulgar y lo sublime con arbitraria suficiencia, debería celebrar a aquellos que no pueden distinguir entre ambos y que, sin saberlo, han escapado a los relativismos; que, por distracción o desconocimiento, han llegado al oasis de una síntesis que los “conocedores”, en su Sahara de tesis y antítesis, tachan de espejismo.

Aforismo. Dicen que el buen gusto se hereda. ¿Acaso el mal gusto quedó estéril e intestado?

Crónica. A veces olvidamos que nuestro tiempo se encargó de borrar las fronteras entre buen y mal gusto. Las advertencias que sobre los peligros de lo kitsch hicieron Adorno, Broch y Greenberg quedaron en pataletas de vinagrillo. La naturaleza del camp, que Sontag estudió, fue depredada. El kitsch no es más un objeto estético pobremente manufacturado para aliviar la culpa de los nuevos ricos alemanes en materia de rezago cultural. El camp no es más una “tentativa falsa de identidad” (Sontag) del arte que se aproxima con ironía y exageración a la historia inmediata que lo ve nacer.

Hace tiempo sucumbimos a la tentación de tener lo mejor y lo peor de dos mundos. Su consecuencia está a la vista: desconocemos si lo bello es la sombra o el rostro que esconde lo bestial, si la fascinación es un recurso irónico del asco, si el mal gusto es resultado de una instrucción artística profunda y meditada, si lo corriente es una moda perdurable o una tradición efímera.

Primero se despreció a la nueva burguesía que, ante su incapacidad de comprender el arte académico del siglo xix, lo vulgarizó en copias, imitaciones y homenajes. Después, el arte de la segunda mitad del siglo xx interpretó aquellas vulgarizaciones como lícitos productos culturales que adaptó, recreó e ironizó. Más tarde, los nuevos ricos copiaron, imitaron y homenajearon estas paródicas parodias parodiables. El arte académico se confundió y terminó por convencerse de que el arte popular era su raíz verdadera; el nuevo rico trató de entender esta nueva dinámica pero juzgó elitista, por ejemplo, que la música incidental de El Chavo del Ocho fuera tocada por el Kronos Quartet, así que, en fechas recientes, ha vuelto su mirada al arte popular y lo parodia con incertidumbre.

Monólogo interior. “...del derecho a la cultura que solo lo es a la buena cultura porque la mala cultura está en contra de la buena y ya no es cultura y ha de ser apartada para salvaguardar al pueblo que gusta de la mala cultura por tanto ser defendido contra sí mismo para no ser él mismo pero por aquellos que defienden la buena y pueden defenderla por virtud de estar autorizados por el pueblo que no gusta de la buena sino de la otra...” (Vergílio Ferreira, Para siempre).

Moraleja. Al final, el sentido del gusto transforma la mejor comida en una pasta blanda y repugnante.

Conservar la tradición del buen gusto equivale a rumiar un mismo bolo alimenticio que se pudre en la boca por no ser evacuado a tiempo.

Novela naturalista. El sentido del gusto puede percibir una infinidad de sabores diferentes gracias a las más de diez mil papilas gustativas que se encuentran en la superficie de la lengua. Pero la repugnancia o el placer de la degustación no está en la lengua misma, sino en la memoria que guardamos de sus impresiones.

El gusto no tiene recuerdo de sí. Por eso lo olvidamos poco a poco mientras la memoria se nos va diluyendo con los años.

Novela realista. “A la vejez, viruelas”, suele decirse cuando un viejo no solo se atreve a perder el juicio, sino a prestar oídos sordos a las advertencias, a perder de vista sus responsabilidades, a no tener ya tacto al externar sus opiniones ni el olfato desarrollado para percibir los riesgos de una acción; pero, en especial, cuando deja de tener buen gusto para conducirse.

A menor gusto, mayor apetencia. A menor distinción, mayor notoriedad.

Dicho más vulgarmente: “Cuando la fuerza mengua, para eso está la lengua”.

Parábola. Una mujer embarazada puede tener antojo, simultáneamente, de un pato a la mandarina, un sope con chorizo, una crema catalana y un trozo de acitrón. Mientras la futura madre sopea con la mano izquierda el acitrón en la salsa del pato, sostiene en la derecha una revista de maternidad que contiene un artículo sobre la importancia de seguir una dieta balanceada.

Comedia de situaciones. Para algunas culturas, eructar después de comer es señal inequívoca de agrado ante una comida, un deseo no verbalizado –por pena o pudor– de seguir comiendo.

¿Será por eso que eructar es sinónimo de repetir?

Tratado. “La definición más general del gusto, sin considerar si es buena o mala, si es justa o no lo es, consiste en que es aquello que nos liga a una cosa por medio del sentimiento”, dice Montesquieu en su Ensayo sobre el gusto. Nada más exacto cuando escuchamos la frase “por mi gusto”, que trasciende la lógica de la argumentación y la dinámica de las ideas. Pero Montesquieu se equivoca al darle potestad al sentimiento de una expresión así. El sentimiento no nos liga a las cosas buenas o malas, justas o injustas. El estómago y el hígado se encargan de procesar nuestros rencores y pasiones más desaforados. Ya ni se digan las partes más nobles o pudendas que dan a “por mi gusto” lo redondo y rotundo de dos esferas de pensamiento, lo enhiesto y penetrante de una vara del juicio.

Poética. “Cuando Enrique de Navarra pasó dos días en el castillo de Montaigne, quiso dar a su anfitrión una prueba de confianza, y se negó a que los manjares fueran ‘ensayados’ en la mesa. Justo Lipsio, amigo y corresponsal de Montaigne, piensa que ‘ensayo’ corresponde con exactitud a la palabra latina gustus, esto es, la prueba que el gentilhombre de cámara hace a la vista del rey para demostrar la inocuidad de los alimentos que van a servirse” (Juan José Arreola, prólogo a Ensayos escogidos, de Michel de Montaigne).

Epílogo. El gusto se rompe en géneros.

2.

Del séptimo arte
como sexto sentido

 

A Ximena Hiriart

 

¿Cuántas tomas requiere un momento irrepetible? ¿Cuántos errores consolidan una escena perfecta? Las respuestas varían según el parentesco que el guion, en complicidad con el director y los actores, guarde con la verdad. Stanley Kubrick, por ejemplo, exigía un riguroso maridaje entre el azar de la improvisación y la certidumbre de la experiencia. Jack Torrance (Jack Nicholson), el enloquecido novelista de El resplandor, teclea una y otra vez una misma frase en las incontables hojas que ha dispuesto a un costado de la máquina de escribir, justo en el lobby del siniestro Hotel Overlook, cuya vigilancia queda a cargo de Torrance durante el crudelísimo invierno que azota Colorado e impide la afluencia de turistas y trabajadores. Para el espectador, la imagen de su esposa Wendy (Shelley Duvall), al hojear aquellas páginas idénticas con creciente estupor, sigue siendo sobrecogedora. Pero la obsesión de Kubrick por crear paisajes y no atmósferas excede los alcances de aquella boquiabierta impresión del público, nacida de la fe en la fortuna del azar, en las casualidades que unen sorpresa e inspiración. El “cálculo egoísta” de Kubrick solía aparentar un chispazo de genio cuando su intervención, en realidad, estaba sopesada con rigor inflexible. Sin fotocopiadoras, ayudado por una máquina de escribir programable, el director mismo llenó los quinientos folios de Torrance de principio a fin con el siguiente refrán: “All work and no play makes Jack a dull boy” (o, en una traducción aproximada, “no por mucho madrugar amanece más temprano”). Además, y a petición de Kubrick, Nicholson tuvo que repetir 157 veces el momento estremecedor en que, tras romper con un hacha la puerta del baño donde Wendy y su hijo pretendían ocultarse de Torrance, este asoma la cabeza y exclama, a la manera de un psicótico Carson que saliera de su cortina roja a presentar The Tonight Show: “Heeeeeeerrrrrrreeeeeee’s Johnny!”. Lo que deseaba Kubrick, dictador de sus delirios, era trazar correspondencias entre las posibilidades de la realidad y los hechos de la ficción; crear las condiciones propicias para que la locura potencial de su intérprete, a través del fastidio, diera pie a la locura manifiesta del personaje. El cine que mejor refleja el estado de las cosas, parece sugerirnos Kubrick, es el que capta la vida secreta del actor: sus pasiones soterradas, sus impulsos latentes y su rostro verdadero, en permanente reinvención de tanto contemplar el mundo a través de una máscara. Es en el detalle, en su observación atenta y obsesiva, donde el lugar común y el dato sabido de memoria se vuelven epifanía. Es en la construcción de un instante donde la revelación brinda su fruto espontáneo e irrepetible.

Hasta Ojos bien cerrados, su obra póstuma, Kubrick planeó los accidentes y aventuras de sus personajes. Cuando el doctor Bill Harford (Tom Cruise), un exitoso ginecólogo que vive en Nueva York con su mujer (Nicole Kidman) e hijos, cae en la cuenta de que los remedios para combatir la rutina familiar están por agotarse, acude a una discreta orgía en la que sus participantes, completamente disfrazados, dan rienda suelta a sus depravaciones. Bill, armado solo de una contraseña, una capa y un antifaz, ingresa a un mundo habitado por hombres poderosos que practican ritos de un culto indefinido con hermosas prostitutas, rodeados de lujo y cobijados por las sombras de la noche. En ese mundo torvo y tentador, el médico pretende hallar una salida al tedio de sus ocupaciones, al rencor y al apetito de venganza que lo invade tras haber escuchado de su propia mujer, entre excitada y culposa, un sueño en el que un almirante la posee en un camarote. ¿Acaso el argumento, con profético dolo, sembró la semilla de la infidelidad en la pareja formada por Kidman y Cruise? Tras aparecer los créditos de la cinta, fondeados con el Vals no 2 de Dmitri Shostakovich, sigue resonando el parlamento final en boca de Kidman: “Fuck”. También el verbo –por demás copulativo– es una maldición, y cualquier parecido con la realidad es mera consistencia.

 

 

3.

Orquesta

Vacía

 

A Malena, Roger, Agustín y José Manuel,

coro de medianoche.

 

Cuentan que una vez Francis Picabia tomó la batuta de un director de orquesta y, parado frente al mar, comenzó a conducir la música retráctil de las olas. Trepado a un risco, en la punta de un muelle o mojándose los pies y talones en la arena, imagino al vanguardista moviendo la batuta y conduciendo las aguas sin nadie en torno de él. Una verdadera “música acuática” –con el perdón de Haendel– que dejaba de ser la eterna e invariable percusión del océano para convertirse en el Doble concierto para director y olas, compuesto e interpretado por Picabia. Un estreno que arrancó desde entonces el aplauso interminable del mar.

Por las tardes, una vez terminada la tarea en la secundaria, seguro de que no hubiese moros en la costa (ni siquiera la empleada doméstica, que me sorprendió en un par de ocasiones), bajaba a la sala, tomaba un disco, prendía el aparato de sonido y ponía una pieza a todo volumen. Casi siempre, mi lista incluía la obertura a la opereta Cándido de Bernstein, Introducción y rondó caprichoso para violín y orquesta de Saint-Saëns, el último movimiento del Concierto para orquesta de Bartók, el primero del Concertino para órgano y orquesta de Bernal Jiménez, o la Obertura festiva de Shostakovich. A los ojos y oídos de un conocedor, todas estas obras comparten los mismos aires de familia: espíritu chispeante y ligero, orquestación fastuosa, celeridad y virtuosismo. Para un desconocido director de orquesta como yo, constituía un reto fascinante imaginar frente a mí la partitura abierta, empuñar un bolígrafo, hacerlo chocar tres veces contra el canto de mi atril invisible, alzar las manos a la altura del pecho y dirigir a los estáticos e inexpresivos muebles de la sala como si fueran músicos de frac, sentados con la espalda completamente erguida, atentos a mis instrucciones.

Era necesario escuchar una y otra vez las piezas –más aún, memorizarse los detalles de la versión empleada: la duración total y de las pausas, la atención a un instrumento solista– para no adelantarse o atrasarse. Ya que la memoria había registrado los rasgos principales de la pieza en cuestión, mezclaba al gusto las características de ciertos directores: de Pierre Boulez (y cuando no encontraba ni siquiera un lápiz), la ausencia de batuta, la mano izquierda en señal de alto, y la derecha, con la palma abierta, trazando signos de infinito en el aire; de Herbert von Karajan, la impasibilidad del rostro, una emoción violenta pero contenida con refinamiento, las manos con las palmas hacia abajo, semicerradas, como si controlaran el trote del caballo de la música; de Georg Solti, el ladeo nervioso pero bien temperado de la cabeza, los cuatro humores antiguos disputándose el cuerpo de arriba abajo. Al mismo tiempo, colaboraba con mis propias aportaciones al collage: elevaba la mano izquierda para indicar mayor intensidad en la ejecución y, llegado el momento (un tutti o la coda), apretaba mi batuta improvisada con las yemas del pulgar y el índice de la mano derecha para después llevarla en diagonal al corazón y esperar el cierre de la pieza con los ojos cerrados, el sudor en la frente y un temblor incontrolable en manos y piernas. Creía escuchar una ovación de pie, tan estruendosa como la que el mar le brindó a Picabia. Goterones de lágrimas corrían por mis mejillas, consciente de que había logrado una versión irrepetible de la música grabada. Poco faltó para que proclamase con la arrogancia de Picasso: “Un tenor ha alcanzado un tono mayor que aquel inscrito en la pared: ¡yo!”.

Pero en el último de estos “conciertos”, al voltear para recibir la ovación a mis espaldas (es decir, en la supuesta parte del coro), me incliné de tal forma que terminé pegándome en la cabeza con un estante. El golpe lo hizo tambalearse y tirar una veintena de discos. Y no pude sino quedarme ahí, helado por el susto, despertando bruscamente del sueño de la fama al trabajo hercúleo de limpiar el desastre, antes de que bajara la empleada doméstica a evaluar el daño.

Von Karajan decía que “el arte de dirigir consiste en saber cuándo hay que abandonar la batuta para no molestar a la orquesta”. Yo preferí dejar la orquesta por la paz. Puse de nuevo los discos en sus cajas rotas, alcé con la escoba y el recogedor las astillas de plástico regadas por el piso, las tiré en el bote de basura, me lavé la cara y las manos en el baño y, finalmente, regresé a levantar el bolígrafo del suelo. Recuerdo haber metido la “batuta” en las anillas de una libreta de recados telefónicos con la certeza de que no volvería a dirigir para mí mismo. Los muebles habían cerrado sus atriles y cambiado el frac por una sábana blanca, en señal de huelga o rendición.

 

Ubicado en la calle de Florencia, en plena Zona Rosa –con su infernal cortejo de reflectores, puteros, bocinazos, palmeras y travestis que conduce al Ángel de la Independencia– se encuentra Melodika, un bar para aficionados al canto que abre sus puertas seis días a la semana a partir de las nueve de la noche. Hace varios años, tras salir de una cantina en la calle de Londres y emprender el largo camino a casa de mis padres, pasaba por aquel lugar oscuro y encerrado cuando se oyó una voz, perdida en los acordes de “Just the Way You Are”. Tanto me llamó la atención que seguí desde afuera, a través de la ventana, el desempeño del cantante. Subido a una tarima y resaltado por una tenue luz que ennoblecía su intento, el hombre aquel, un empleado de oficina de más o menos treinta y cinco años, lentes de fondo de botella, calvicie que un fleco absurdo cayéndole en la frente pretendía ocultar, corbata gris colgándole a la altura del segundo botón abierto de una camisa blanca que tenía los puños sucios; el hombre aquel, digo, iba siguiendo con la dificultad de un trabalenguas la letra de Billy Joel en una pantalla de televisión. No obstante, envalentonado por el tequila que bebió de un golpe durante el puente musical y por las porras de una mesa, concluyó su interpretación con una dignidad conmovedora. Es probable que nunca hubiera ido a tiempo, que estuviese un tono y medio abajo y que lo que cantara fuese, en realidad, una canción folclórica albanesa; aun así, el empleado de oficina se desgañitó en una serie de vocalizaciones que dejaron el scat de Ella Fitzgerald como simples gargarismos. Al final, la recompensa fue más grande que el esfuerzo: aquella mesa le brindó una ovación tan entusiasta que el hombre se llevó el micrófono al pecho e inclinó la cabeza varias veces antes de que tocara el turno a otro cantante.

Aproveché la distracción de los parroquianos, que seguían aplaudiendo al empleado de oficina, para entrar, acodarme en la barra, encender un cigarrillo y pedir un Jack Daniel’s en las rocas. Junto con mi whisky, el cantinero me dio tres papeletas, una libreta negra y un bolígrafo. Pudo más mi temor a parecer un primerizo que mi extrañeza ante el ritual de bienvenida, así que abrí la libreta con naturalidad y me encontré hojeando un catálogo de canciones en inglés, francés, italiano y español. Mi interés fue creciendo a medida que pasaba las hojas y encontraba éxitos de José Alfredo Jiménez, Frank Sinatra, Soda Stereo, Paquita la del Barrio, los Beatles, Édith Piaf, Timbiriche, Michael Jackson, Charles Aznavour, La Sonora Santanera o Nicola di Bari. Debo haber estado más de media hora espulgando el catálogo, pues cuando quise tomar mi whisky los hielos se habían derretido, y el cigarrillo que prendí al entrar se había vuelto un arco frío de ceniza.

Apuré el contenido casi transparente del old fashioned y pedí otro whisky al cantinero. Junto con él me trajo otras cinco papeletas, como si me advirtiera que su cantidad seguiría aumentando a menos que anotara las canciones que debía cantar. Con el primer temor a cuestas convertido en una angustia de no poder colarme en aquella sociedad anónima de cantantes nocturnos, anoté “New York, New York” en una de las papeletas y copié el código numérico que flanqueaba su mención en las listas; en el extremo superior derecho, dentro de un espacio menor a los cuatro centímetros de longitud, puse mi nombre en mayúsculas. Con mano temblorosa la entregué al cantinero, que salió inmediatamente de la barra para dejarla en el borde de la cabina, ocupada por el programador. Solo quedaba esperar mi turno en ese inframundo de la música y pedir que mi voz fuera tan convincente como la de aquel espíritu condenado a rondar su oficina entre semana. De cualquier modo, Orfeo sin deberla ni temerla, ya no podía volver la vista atrás. Había perdido dos Eurídices en el último mes (mi novia y la figura, ambas por romper la dieta). Si no había logrado ser director de orquesta –pensaba–, mucho menos me dolería perder la dignidad en un intento por ablandar los corazones de un Hades con calvicie prematura, lentes y zapatos ortopédicos mal boleados, y de una Perséfone con minifalda rosa, uñas de gel y medias raídas de algodón. Despojado de mi lira, solo podría repetir el conjuro que habría de aparecer en una pantalla frente a mí para dejar la tierra de los muertos. Un conjuro que acompaña nuestro canto con gargantas e instrumentos invisibles o, como el fulgor de una estrella, con el eco nítido de un conjunto musical que desapareció hace tiempo.

 

Pese al patetismo que la ronda, la palabra japonesa “karaoke” tiene orígenes líricos; proviene de kara (“vacío”) y ?ke, abreviatura de ?kesutora (“orquesta”). La historia de la máquina de karaoke no es muy distinta si se piensa en la grisura de la que surge: un buen día, hace más de dos décadas, un bar nipón se quedó sin música en vivo. Sus clientes, la mayoría ejecutivos cuya sola aventura consistía en emborracharse con sus compañeros de trabajo, solían reunirse en ese bar después de salir de la oficina y soltaban largos aullidos de insubordinación al calor de un sake. Pero la banda o el organista se marchó de buenas a primeras, y dejó al dueño al borde de la bancarrota. Muchos de esos ejecutivos prefirieron pagar su cuenta y andar en busca de otro sitio que quedarse a charlar con los colegas sin el ruido de fondo de las melodías que nos salvan del silencio, el carraspeo, el monosílabo y la indiscreción.

Quienes siguieron frecuentando el bar fueron testigos del desesperado ingenio de su propietario, quien decidió repartir libretas de canciones en las mesas y sustituir la música en vivo por pistas sin voz. Limpió el escenario de instrumentos y, en el centro, colocó un micrófono de base, una pantalla de televisión y una luz cenital. Eliminó el antiguo sistema de “peticiones” o “complacencias”1 e instituyó uno nuevo, más eficiente y cómodo, de papeletas, cancioneros y bolígrafos. La voz cantante ya no la llevaría un profesional de conservatorio, sino un subdirector de área. Ni falta harían los músicos para seguirlo: una consola reproduciría el acompañamiento de la canción seleccionada e incluso podría bajar el tono de la canción o modificar su ritmo.

Sin sospechar la mina de oro que significaría su invención, el dueño salvó su bar y, además, tuvo un gesto filantrópico a la altura del arte (específicamente, de ciertas expresiones del arte: el performance, la intervención, el arte sonoro...). En un mercado musical ocupado por improvisadores de carrera, por anunciantes que creen a pie juntillas con el irónico Wilde que “el tiempo es una pérdida de dinero”, el karaoke es uno de los últimos refugios antiaéreos contra el apuro oficinesco, la productividad recalcitrante, el monoteísmo del negocio y la homologación humana; uno de los pocos altares consagrados al canto, al canto individual que congrega a los miembros dispersos de una tribu, al canto colectivo que se alza para tocar, por un segundo, el tímpano del cosmos. Ese mismo canto que, como advertía Rilke en sus Sonetos a Orfeo,

 

...no es anhelo,

no es petición de algo aún no conseguido;

el canto es existencia. Es fácil para el dios.

¿Pero cuándo existimos nosotros? ¿Cuándo vira

 

él hacia nuestro ser los astros y la tierra?

El que tú ames, muchacho, no es idéntico, aunque

la voz te esté forzando a abrir la boca. Aprende

 

a olvidar que has cantado. Eso es algo que fluye.

Cantar es en verdad un aliento distinto.

Un hálito por nada. Soplo en el dios. Un viento.

“Cantar es en verdad un aliento distinto”, y más en el escenario. Quien ha cantado en un karaoke, lo sabe: ausente la música, deslumbrado por focos de setenta y cinco vatios, apenas se puede distinguir entre penumbras al público que se encuentra allí reunido. Se está completamente solo con el canto, como lo estuvo Picabia frente al mar, con el soplo del dios mesando su pelo, besando sus mejillas y frente, cerrando sus ojos. Al día siguiente, sumergidos en odiosas labores cotidianas, habremos de olvidar que cantamos. Pero el dios no olvida ni deja de suspirar, esperanzado y satisfecho. Y la brisa del mar nos lo recuerda.

 “...Seguimos con la música... Hernán... Hernán-allá-en-la-barra, al escenario...”, anunció el programador con voz de supermercado o de aeropuerto. Me guardé el bolígrafo en el bolsillo izquierdo de mi camisa como amuleto de ambigua suerte y subí al escenario. Tomé el micrófono, desenredé su cable y comencé a cantar:

 

Start spreading the news:

I’m leaving today.

I want to be a part of it,

New York, New York.

 

These vagabond shoes

are longing to stray

and make a brand new start of it,

New York, New York.

 

Al final de la segunda estrofa, justo cuando la canción se torna más aguda y demandante, estuve tentado de extraer el bolígrafo de mi bolsillo, de apretarlo con las yemas del pulgar y el índice de la mano derecha y, como hacía muchos años, llevarlo en diagonal hacia mi corazón. Preferí dejarlo en su lugar asomando la punta, fluctuando de derecha a izquierda, como un metrónomo. Tomé un profundo respiro, cerré los ojos y seguí cantando.

Me estaba dirigiendo a mí mismo.
_________________________________________

1. En México, las “peticiones” o “complacencias” son servilletas de papel en las que, con ayuda de un lápiz labial o delineador de cejas, se garrapatean canciones que se dedican a la secretaria y que, junto con un billete de cincuenta pesos, van a parar a una copa coñaquera pegada con cinta adhesiva a la caja de un piano vertical.

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Hernán Bravo Varela

(Ciudad de México, 1979) Poeta, ensayista, traductor y profesor universitario. Es colaborador habitual de Letras Libres. Su último libro se titula Ectoplasmas: cuatro elegías estadounidenses (2017).

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