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Crónica

Rolando ya no está

Rolando Pérez salió de La Habana buscando un nuevo horizonte en Cartagena y se encontró con una amarga versión de lo mismo. Fue brutalmente asesinado y, diez años después, el crimen impune desnuda la nada silenciosa discriminación contra la comunidad LGBTI.

Álbum de la familia Pérez Pérez

 

 

Hay vecinos que dicen haber escuchado a un muchacho sollozar en el apartamento de Rolando Pérez, la noche en que fue asesinado. Cinco heridas de bordes irregulares fueron la causa de su muerte. Una en la parte posterior del cráneo, las otras cuatro en el rostro redondo y áspero por la barba incipiente de un hombre que ese día cumplía 44 años. El arma asesina: un mazo de construcción que usaba para atrancar la puerta de la habitación donde lo encontraron. El cuerpo de Rolando pasó horas yacente sobre la cama empantanada en sus propios líquidos, con una almohada en la cabeza, antes de que abrieran la puerta de su casa en el barrio Torices de Cartagena, al final de la mañana del 24 de febrero de 2007.

“Móviles pasionales tras crimen de profesor universitario cubano”, fue el título de la nota publicada en El Tiempo el 25 de febrero de 2007. Citaban al entonces comandante de la Policía de Bolívar, Carlos Mena Bravo, quien aseguraba a los medios esa misma mañana, y sin mayor investigación, que el “ciudadano llevaba una vida desordenada, era promiscuo y, en su condición de homosexual, tenía varias personas como pareja”. El artículo hacía eco de los muchos rumores alrededor de los móviles del crimen. Las autoridades también explicaron –y en cierta forma justificaron– su muerte mencionando que su orientación sexual lo convertía implícitamente en un hombre promiscuo y desordenado.

Libertina y prejuiciosa, Cartagena es tan severa para meterse en la vida privada y señalar las diferencias de los otros, como permisiva respecto al turismo sexual y al deterioro social que reina en sus calles. Doce años antes de esa mañana de febrero, Rolando había echado raíces en esta tierra caribe quizá sin tener claro que aquí sería visto con los mismos ojos que lo juzgaban en su natal Cuba. Sin embargo, incluso en los momentos más solitarios, cuando entraba en los cuarenta y sin ningún filtro acogía desconocidos en su círculo de intimidad, tenía la convicción de que la vida y la ciudad que había escogido representaban el camino correcto.

 Desde su llegada, su carisma le había ayudado a nutrir ese círculo de confianza al que llegamos a acercarnos algunos de sus estudiantes. En el año 2000,           durante los meses en que fue mi profesor de video en el Colegio Montessori de Cartagena, nos transmitió una intensa energía, una empatía cercana a la amistad. Su muerte me revolvió el dolor y los recuerdos, pero ante todo sentí la necesidad de entender lo que había ocurrido; una necesidad que parece ajena a quienes corresponde aclararlo.

A pesar de los muchos años que han transcurrido, es poco lo que sabemos sobre lo que pasó aquella noche. El caso está abierto y el asesino sigue suelto. Debajo del escritorio del fiscal que lleva el proceso descansa un bloque de hojas de veinte centímetros de alto que el funcionario aún no ha terminado de leer, requisito obligatorio para imputar cargos, cerrar el asunto judicial y finalizar un episodio que marcó la historia de los derechos de la comunidad lgbti en el Caribe colombiano.

  Las varias caras del hombre amado

 El 24 de febrero de 2017, Barranquilla empezaba a sacudirse en las horas previas al inicio del carnaval. En medio del ruido de parlantes encendidos a todo volumen, me senté a escuchar el testimonio de Edgar Plata.

La noche anterior, Edgar había soñado con Rolando, pero eso no era una novedad. Era su cuerpo recordando que habían pasado exactamente diez años desde esa mañana, cuando llegó a la cuadra empolvada del barrio Torices donde vivía su ex novio. Con la serenidad que ha ganado después de años de contar la misma historia una y otra vez, puede evocar la forma en que unos labios desconocidos le dieron la noticia antes de que alcanzara a bajarse del taxi con la torta de cumpleaños que llevaba sobre el regazo. Le dijeron que allá arriba, tendido sobre su cama, Rolando estaba muerto.

A punto de cumplir 50 años, Edgar sigue teniendo un aspecto joven, de afilados rasgos, casi infantiles, que no concuerdan con su constante gesto sobrio, rara vez interrumpido por una sonrisa. Al verlos juntos en fotos de juventud, su apariencia delicada contrasta con la fuerte masculinidad de Rolando.

La primera vez que se vieron fue a principios de 1994. Rolando, que entonces tenía 30 años, era un muchacho castaño, con bigote poblado y pecho peludo, como Freddie Mercury. Había llegado desde Cuba a Cartagena en su rol de representante de la trovadora Liuba María Hevia.

Edgar era un veinteañero que alquilaba un apartamento en un edificio de la calle Espíritu Santo, colindante con la Media Luna, el pasillo de prostitución más popular de la ciudad durante esos años. En aquel mismo edificio se alojó Rolando durante su primera visita a la ciudad. Un amigo en común los presentó, se gustaron y conversaron cada día hasta que el cubano volvió a la isla. Al final de ese mismo año, Rolando viajó a Bogotá, una ciudad muy fría y agresiva para alguien que desde niño comenzaba el día entre brazadas en el Caribe. Unos meses después, Edgar le compró un pasaje a Cartagena, lo recibió en su casa y no tardaron en enamorarse. “Éramos compañeros. Rolando era práctico, yo romántico. Nos complementábamos. Él me aportó mucho desde su visión de hijo del socialismo, él veía el mundo de manera diferente”, recuerda Edgar.

Cuando llegó a Cartagena, Edgar lo puso en contacto con la Universidad Jorge Tadeo Lozano seccional Caribe. Gracias a un premio de periodismo que se había ganado en Cuba, obtuvo el aval para empezar a dictar clases de radio, y en 1997 comenzó a dictar talleres de video en el Colegio Montessori.

Motivado por la buena racha económica, convenció a Edgar, también profesor, de comprar un pequeño apartamento en la Calle Larga de Getsemaní. Durante aquellos años llegaban juntos en su moto al Colegio Montessori, donde estudié toda mi infancia, e intercambiaban palabras mientras los niños hacíamos fila para izar la bandera. Pasaban el día dictando clases, y en los corredores ensombrecidos por los palos de mango de aquel colegio progresista de Manga, un barrio de arquitectura republicana que con su semejanza al Vedado habanero mira a la bahía de la ciudad, los niños nos reíamos porque eran “maricas”. Nuestros profesores maricas.

Entre 1997 y 2000, Edgar y Rolando encontraron en el colegio un oasis donde podían trabajar sin tener que negar que estaban juntos, e hicieron de esa época una ilusión de aceptación y tolerancia que nada tenía que ver con lo que pasaba en el resto de la ciudad. La violencia contra los gays, lesbianas, bisexuales, travestis, intersexuales y transexuales se vivía con más intensidad en los barrios periféricos de la ciudad. Los chicos debían salir de sus casas, encontrar un lugar donde cambiarse la ropa y trasladarse a la zona turística de la ciudad para vivir algo de libertad en los espacios de homosocialización que se crearon en barrios como San Diego, donde la comunidad sentía que podía ser libre. Luego se enmascaraban nuevamente para regresar a casa.

Caribe Afirmativo, observatorio de derechos de la comunidad LGBTIcreado en 2009 como respuesta al asesinato de Rolando, arroja cifras inequívocas al respecto. Entre 2008 y 2015, en Cartagena hubo 26 homicidios motivados por la orientación sexual o identidad de género de la víctima. Un número que podría diluirse entre los 1.951 homicidios registrados, durante el mismo período, por el Centro de Observación y Seguimiento del Delito en Cartagena (Cosed), pero significativo en una ciudad que tiene alrededor de un millón de habitantes y está infestada de pandilleros jóvenes que combaten la pobreza y la desocupación matándose entre ellos. Los datos registrados no incluyen las víctimas que dejaron las llamadas “limpiezas sociales” que Cartagena vivió entre finales de los noventa y principios de este siglo, cuando escuadrones de la muerte salían en la madrugada a asesinar mendigos, pandilleros y travestis que ofrecían servicios sexuales en lugares como el parque de la Marina, un punto en el que convergen la Ciudad Vieja y la zona más exclusiva de Cartagena.

En ambas caras de la ciudad, en la lucha de aquellos que han convertido su caso en un estímulo para que las cosas cambien, y hasta en los sueños de Edgar, está presente Rolando. En El año del pensamiento mágico, Joan Didion retrata esa forma en que el ser amado se convierte en multitud al morir. Las infinitas maneras en las que se pueden repasar sus movimientos cuando ya no está. Veintitrés años después de haberlo conocido, Rolando Pérez es muchos hombres que moldearon la vida de Edgar Plata. Entre ellos está, antes que todos, aquel Rolando que, encendido por el asombro del amor y desconcertado ante la falta de oportunidades, se montó en un avión con destino a esta ciudad que años después le quebraría el cráneo.

 

Rolando Pérez a finales de los años noventa

Cuando salí de Cuba

Antes de que Rolando se montara al avión que lo llevaría a Bogotá a finales de 1994, fue detenido en el Aeropuerto José Martí de La Habana. Según cuenta Héctor del Valle, el mejor amigo de Rolando en Cuba, había un delincuente cubano muy buscado que se llamaba Rolando Pérez Pérez y que también había nacido en 1964.

Roberto, uno de sus dos hermanos mayores, trabajaba por esos años en asuntos diplomáticos. Él se encargó de desenredar el problema, superar la burocracia flemática de la isla y hacer que tomara el vuelo reservado. Una vez en el avión, Rolando se encerró en el baño y lloró. Lloró sin parar porque sabía que se estaba yendo para nunca volver, pero también porque cada célula de su cuerpo estaba inundada del miedo pantanoso que produce la materialización de los sueños.

Recorrí el trayecto contrario para seguir las huellas de su partida. Viajé desde Cartagena a La Habana para descubrirlo a través de sus calles, sus amigos y familiares. Entre viejas fotos y recuerdos de amigos, pude verlo niño y joven en su vida habanera.

Roberto Pérez y Mery Pérez, los padres de Rolando, habían llegado a La Habana antes de la Revolución del 59. Venían de Matanzas con Robertico y Héctor, sus dos hijos mayores. Allá, Roberto padre era un campesino cortador de caña, pero la familia sabía que el verdadero futuro estaba en la ciudad.

En esos años previos a Fidel Castro y también previos a Rolando, el padre se dedicaba a vender almuerzos que repartía en una bicicleta. La madre trabajaba como empleada doméstica y en las madrugadas cocinaba con gran talento los encargos que su marido repartiría durante el día.

Después triunfó la Revolución, llegó el régimen, Roberto hijo se volvió militar y cinco años después nació Rolando, el más joven de los Pérez Pérez.

Héctor, el segundo de los hermanos, vive en un apartamento pequeño de dos habitaciones en el Nuevo Vedado, un barrio donde la aguda miseria cubana resulta imperceptible. El hombre tiene contextura, lentes y corte de pelo cuadrados. Rozando los setenta, tiene la costumbre de conversar a dos bocas con su mujer Anitzia, con la que lleva casado 45 años.

La crianza del menor de la familia estuvo llena de mimos; Rolando era hijo de padres mayores y siempre estuvo rodeado de tías. “En el colegio era autosuficiente como un carajo”, informa Héctor con un orgullo disfrazado de indignación.

Estudió ingeniería industrial en la Universidad Tecnológica de La Habana José Antonio Echeverría. Una vez graduado, empezó a ejercer como docente. Recibía un sueldo de un poco más de 300 pesos cubanos, alrededor de 15 dólares de hoy. Fue por esos años cuando Rolando conoció al otro Héctor, Héctor del Valle, quien se convertiría en su mejor amigo.

Era 1984 y ambos coincidían en la playa de la 32, un lugar donde realmente no había arena, pero sí muchas rocas y unas bancas donde se juntaba la gente joven a escuchar música en inglés. Rolando y Héctor eran gays. Los dos lo sabían, los dos se guardaban la espalda. En esa primera etapa de la amistad aún estaba muy fresco el recuerdo del Quinquenio Gris, un período en el cual los funcionarios que lideraban los procesos culturales de la isla marginaron y censuraron el trabajo de grandes intelectuales del país. La persecución entablada en esos años por el castrismo no solo era contra artistas y humanistas, sino contra todos los homosexuales. Eran detenidos, excluidos del sistema laboral y educativo, y luego enviados a las Unidades Militares de Ayuda a la Producción –campos de trabajo forzado–.

A pesar de que el Quinquenio había terminado, sus coletazos aún se sentían a mediados de los ochenta. Héctor y Rolando andaban con la cabeza abajo, tratando de pasar desapercibidos. No podían decir nada cuando veían que alguien recibía una golpiza por ser homosexual. En la sala de su apartamento en la Habana Vieja, Del Valle recuerda: “Era una época en la que no defendíamos nuestros derechos, andábamos como carneros para que no nos pasara la rueda y nos tildaran de lo mismo. Fuimos cobardes, por supuesto”.

No estaban solos. Entre el grupo cercano de amigos, se encontraba desde la infancia Liuba María Hevia, una muchacha castaña y rolliza, que tenía la misma edad que Rolando. Aunque en esos días era algo tímida, tenía una voz maravillosa que lo cautivaba. Cuando eran adolescentes fueron novios y, con los años, en medio de su búsqueda de nuevos oficios, Rolando hizo una apuesta por su carrera después de verla ganar un concurso de televisión. Se casaron y él se convirtió en el principal cómplice para ayudarla a crecer; sus actividades iban desde hablar con quien hiciera falta hasta ser su “cargainstrumentos”, como le decía Héctor hermano. Hoy en día, Liuba es una voz reconocida dentro del movimiento de la nueva trova, junto a Silvio Rodríguez y Pablo Milanés.

A pesar de los inmensos esfuerzos que hacía junto a Liuba y emprendiendo cuanta cosa para sumar pesos, su calidad de vida no mejoraba. Vivió por mucho tiempo con sus padres en un apartamento diminuto en el barrio obrero de Playa. La alcoba de Rolando consistía en una cama plegable ubicada en la sala, que se subía en las mañanas y se bajaba en las noches.

El día que regresó a Cuba, tras aquel viaje a Cartagena en el que conoció a Edgar, empezó a hacer los trámites para irse. Cuando Héctor del Valle lo acompañó al aeropuerto para despedirlo, le entregó un billete que tenía en el bolsillo y le dijo: “Mira, Rolando, yo hoy no he cobrado nada, pero te voy a dar estos veinte dólares. A lo mejor te sirven para tirarte un peo, pero bueno, para algo sirven”.

Doce años después, en el mismo lugar donde lo dejó aquel día, lo recibió una madrugada de febrero de 2007, encerrado en un cajón, inerte y deforme.

Los amigos, los mejores amigos

Cerca del mediodía, el edificio estaba rodeado de amigos, conocidos, vecinos, curiosos, policías, funcionarios de la Fiscalía y probablemente el mismo asesino. La encargada de reconocer el cuerpo fue Claudia Ayola, columnista, activista de derechos humanos y una buena amiga de Rolando.

Antes de las tres de la tarde, subió las escaleras, se dejó cubrir por el olor malsano de la casa de su amigo, confirmó su identidad frente a la fiscal designada y recibió un dato que para ella debió haber marcado el curso de la investigación. Su amigo no había sido asesinado con un arma de fuego.

Un conocido lo atacó por la espalda mientras estaba de visita y luego, moribundo en su cama, lo golpeó en la cara hasta que la cabeza de hierro del mazo se desprendió del mango que la sostenía.

En el mesón de la cocina había dos tazas dispuestas junto a un cenicero lleno de colillas. Habían fumado juntos, tomado café juntos, no había indicios de alcohol. Rolando estaba sin camisa, una conducta que reservaba solo para las visitas de sus amigos más cercanos.

Claudia cuenta que una vez el equipo de la Fiscalía y del comandante Mena descubrieron que él era homosexual asumieron una actitud completamente distinta. Las personas encargadas de recoger evidencias en la escena se detuvieron, dieron luz verde para limpiar el apartamento y ralentizaron todo el proceso.

Después de aquella experiencia, empezó a escuchar comentarios que la alertaban sobre asesinatos similares también señalados como pasionales: hombres homosexuales asesinados en sus casas.

Había un caso en el barrio Crespo, otro en Las Gaviotas y uno muy sonado que ocurrió años más tarde en el barrio San Fernando. En 2011, el profesor y escritor Alberto Sierra fue acuchillado una noche en la sala de su casa, en la calle Charles Chaplin.

Rolando aparece en la memoria de Claudia caminando por el centro histórico de la ciudad, en sus recuerdos van agarrados de la mano. Aún prepara pesto usando su receta; aún tiene vivo el recuerdo de un cumpleaños de su hija, al que Rolando fue en una “tanga narizona” y chapoteó en la piscina con la cumplimentada, haciendo estallar de risa a los demás invitados.

Cuando recibió la llamada ese sábado de febrero, llevaba meses sin verlo, desde que él se había ido a pasar diciembre de 2006 en Cuba. Después solo habían hablado de vez en cuando por teléfono.

Aunque no tuvieron la relación más constante, el vínculo se hizo sólido tras su muerte. “Cuando Rolando murió, Edgar y yo prácticamente nos volvimos novios, se creó una complicidad que se mantiene”, dice. Meses más tarde, junto a otros compañeros, Claudia y Edgar fundaron Caribe Afirmativo.

En cada caso similar al de Rolando estaba la clave para resolver el crimen que los atormentaba. Entre 2007 y 2011, hicieron seguimiento al caso, llevaban las cifras de la región, presionaban a la Fiscalía. Cuando parecía que las cosas avanzaban y saldrían órdenes de captura, algo frenaba el proceso y todo volvía a empezar. En ese período cuatro fiscales pasaron por el cargo, después perdieron la cuenta. Durante ese mismo tiempo, se constituyeron como organización y se volvieron representantes de víctimas de la comunidad LGBTI, acogiéndose a la Ley de Justicia y Paz. Intentaron vincular a Edgar como familiar de Rolando por sus años de relación, pero la petición no fue aceptada porque la ley en esa época no reconocía a parejas homosexuales.

 

Junto a Edgar (con camiseta oscura y pantaloneta) y varios amigos de Cartagena

 Diez años de silencio

Para que el caso prescriba deben pasar 20 años y ya ha transcurrido la mitad del camino hacia un fracaso que parece premeditado por el mismo sistema de justicia local. El de Rolando es el más antiguo de los casos sin resolver en la Fiscalía LGBTI de Cartagena. El siguiente es seis años posterior. Pero, para el fiscal encargado, se trata de una situación burocrática y de exceso de trabajo.

Nairo Martínez es el funcionario sobre el que recae la responsabilidad del caso desde 2014. El fiscal, que recibió capacitación en temas de derechos LGBTI en 2015, argumenta que la demora para imputar cargos a los sospechosos y llevar el caso a juicio radica en el tránsito que hubo en el país, en 2004, hacia un sistema penal diferente. En Bolívar el nuevo sistema penal oral acusatorio cubre los casos que ocurrieron desde el año 2008. El de Rolando quedó sujeto a la ley anterior.

Según él, aunque la modificación legal buscaba agilizar los procesos, en la práctica todo siguió siendo lento, especialmente para los casos atados a la ley anterior. Las justificaciones son varias. Una es que hay muchos casos por cada fiscal y eso desemboca en que, como señaló el informe Esfuerzos irracionales, publicado en 2014 por la organización Dejusticia, solo el 10% de los casos de homicidios dolosos lleguen a ser imputados, y de esos apenas el 6% recibe condena. En 2012 la Contraloría General de la República ubicó al país como uno de los más ineficientes en materia de justicia porque, aunque cuenta con más jueces que Perú, Chile y Brasil, estos países logran entre tres y cuatro veces más sentencias que Colombia.

Otra justificación ofrecida por el fiscal es que no hubo testigos presenciales y eso ha hecho más difícil señalar a los sospechosos. Frente a esta afirmación, Claudia sostiene que cuando entró a la casa de Rolando había manos pintadas con sangre seca en las paredes; cuando limpiaron la casa encontraron un condón usado en la basura, que después fue entregado a la Fiscalía. Con un análisis de huellas o de ADN hubieran podido establecer conexiones, pero nada de eso ha parecido suficiente para haber enjuiciado, en diez años, a posibles responsables.

Una hipótesis señala que pudo ser un obrero que en esos días hacía un trabajo en la terraza de su casa y con el que había tenido un romance, según le contó a María Fernanda Martínez, por entonces alumna y amiga de Rolando, la semana anterior a su muerte. Otra teoría dice que el cubano había perdido un material delicado en unos equipos que habían sido robados diez días atrás, en un atraco del que no recordaba nada porque estuvo todo el tiempo bajo los efectos de la escopolamina. Se dice que a los ladrones no les bastó deshacerse del material; también tenían que deshacerse de él. Finalmente, hay muchos que sostienen que se trató de un asesinato en medio de una discusión acalorada entre dos amigos.

Hay testigos que dicen haber visto a Rolando al final de la tarde del 22 de febrero entrando a su casa con un muchacho alto y moreno. También hay elementos sospechosos relacionados con otro joven a quien llamaré Ismael. Una especie de asistente de Rolando en el trabajo, que había sido estudiante suyo en la Universidad Jorge Tadeo Lozano y además era su amigo. Aunque ni a Edgar ni a Claudia les gustaba que estuviera cerca de Rolando, porque lo consideraban problemático, Ismael se había vuelto una compañía habitual y una presencia constante en el apartamento donde ocurrió el asesinato.

El chico, flaco, narizón y de ojos saltones, es recordado así por varios de sus conocidos. Una de ellas recuerda que “tenía problemas de drogas, era mentiroso, y les robaba plata a los amigos de Rolando, pero él le tapaba esas cosas porque era quien lo acompañaba en su soledad”.

Rolando y Edgar habían terminado su relación hacía más de tres años y, aunque seguían siendo cercanos y se comportaban como familia, el cubano pasaba mucho tiempo buscando nuevas amistades. Gente que ocupara el espacio vacío, agudizado cuando la universidad finalizó abruptamente su contrato meses atrás. Desde ese momento se dedicó a crear contenidos para una agencia de publicidad, un trabajo que no terminaba de enamorarlo. Algo inaceptable en la vida de quien había labrado camino a punta de corazón.

Una estudiante de Rolando y condiscípula de Ismael recuerda que, en una fiesta con el grupo de la clase, Ismael le contó que había matado a una persona. Pero entre el frenesí de los tragos, ella pensó haber imaginado tal declaración. Cuando fue llamada a rendir indagatoria omitió aquella conversación. En parte por falta de certeza, pero también porque a sus 21 años temió por su vida. El temor se ha prolongado por varios años más.

Rolando tenía un programa de radio todos los sábados. Llegaba antes de las diez de la mañana a la estación y se ponía frente al micrófono. En la mañana del 24 de febrero, no apareció. El primero en notarlo fue Ismael, llamó desesperado a todos los conocidos. Decía con angustia que Rolando estaba desaparecido. Fue a su casa y golpeó la puerta de los vecinos, pero ellos aseguraban que debía haber salido porque el portón tenía puesto el candado por fuera. Alguien tenía que haber cerrado la puerta al salir, y no podía haber sido cualquier persona pues se trataba de una cerradura difícil de manejar.

Ofuscado, Ismael fue a la policía y alertó a las autoridades alegando que él sabía que algo le había pasado a Rolando, y logró convencerlos de romper la puerta y entrar. Ismael se quedó en la entrada y salió despavorido cuando sintió el olor a descomposición del cuerpo de su amigo. Sin embargo, antes de que la policía y la Fiscalía terminaran de revisar la escena, antes de que el ahora general Mena dijera a los medios que había sido asesinado por promiscuo, ya Ismael les decía a todos los curiosos que se acercaban a la fachada del edificio que a Rolando lo habían matado con un mazo y que tenía una almohada en la cabeza.

Ismael fue la primera persona que llamaron a declarar y una noche antes de asistir a la cita, habló con Claudia por teléfono y le dijo: “Te digo una cosa, a la persona que asesinó a Rolando no la van a coger. Y te digo otra, quien asesinó a Rolando ha matado y va a volver a matar. Y Rolando no murió enseguida, quien lo asesinó lo vio morir”.

Una década más tarde, justo el 24 de febrero de 2017, el fiscal Nairo Martínez dijo que esperaba que en marzo de este año hubiera avances en el proceso. Después, la Fiscalía decidió reiniciar las indagatorias. Han declarado que, hasta que no se reúnan nuevamente las pruebas, no imputarán cargos.

Resistir

Esa noche de 2007, Edgar se sentó frente a su computador después de llamar a la familia de Rolando en La Habana y no paró de chatear con ellos hasta que salió para Cuba. Mery, la madre de Rolando, entró en un estado de shock que mantuvo por cinco años, hasta el momento de su muerte. En el pabellón del Cementerio Colón, sobre la caja de madera que tiene escrito en marcador negro el nombre de Rolando, se encuentra otra con el nombre de su madre.

Edgar recogió todo lo que era de su ex novio, vendió la mayor parte, guardó el dinero en un sobre y metió en cajas y maletas lo que quedaba. Junto al cajón en el que descansaba su cuerpo, viajó a La Habana, donde una húmeda madrugada de febrero lo recibió Héctor del Valle. Cuando estuvo en la isla, le entregó el dinero a Mery y le hizo firmar un poder de representación que luego perdió vigencia porque la abogada encargada abandonó el caso. La familia, que nunca pudo viajar a Colombia, se fue enterando por medio de Edgar de los avances y fracasos del proceso.

En enero de 2017, Héctor Pérez volvió a hacer todos los trámites para entregar un nuevo poder a Caribe Afirmativo con la esperanza de lograr algún tipo de avance, pero aún no pasa nada. En el Centro Nacional de Educación Sexual de Cuba (Cenesex) dicen que ellos no intervienen en temas jurídicos, solo hacen activismo en las calles y en redes sociales. Conversé con Mariela Castro, la directora de la entidad, quien además es hija del presidente Raúl Castro. Admitió que no conocía el caso, pero pidió a una empleada que abriera una carpeta sobre Rolando Pérez e hiciera publicaciones en Facebook.

A Edgar le tomó mucho tiempo recuperarse. Vivió un año en París, luego unos meses en Cuba y finalmente se fue a Medellín. En medio de esos viajes conoció en Cartagena a Wilson Castañeda, un activista que se vinculó a la causa y actualmente dirige Caribe Afirmativo. En 2016, Edgar y Wilson se convirtieron en la primera pareja homosexual en casarse legalmente en Cartagena.

Wilson, apoyado por el equipo de la organización, se encargó de presentar el caso ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos. El día que el asesinato cumplió una década, mientras Edgar y yo tomábamos café en Barranquilla, su esposo le dio la noticia de que la Corte había admitido el caso de Rolando.

Hace ya diez años, antes de que su cuerpo regresara a Cuba, Rolando fue velado en la Funeraria Lorduy del barrio Pie del Cerro, en Cartagena. Cuenta María Fernanda que la marejada de estudiantes se extendía hasta la calle. Edgar, Claudia y todos sus amigos escucharon, sacudidos por el dolor, las voces de los estudiantes que empezaron a corear canciones compuestas por Rolando. Días más tarde, al momento de su partida en el aeropuerto Rafael Núñez de Cartagena, esas mismas voces acentuaron un verso más sentido, una línea compuesta por Claudia para su amigo, que se mantiene vigente y vuelve a surgir cada 24 de febrero: “No se mata lo que no se olvida”.

 

 

Nota aclaratoria: La versión digital de esta crónica, publicada en la edición de septiembre de 2017, fue modificada el 6 de noviembre de 2017 por petición de una de las fuentes.

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Teresita Goyeneche

Fue finalista del concurso Excelencia Periodística de la Sociedad Interamericana de Prensa en 2017.

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