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Contar la barbarie

Fotografías de Mateo Gómez Rivas

Desde el siglo XIX, la narración de los conflictos en Colombia se ha apoyado con reteñido acento en las fuentes militares. En tiempos recientes, los periodistas han tenido el desafío de retratar una confrontación irregular y de baja intensidad. El resultado de su trabajo es un registro amplio y valiente, pero salpicado de lagunas y carente de matices para comprender mejor una larga y compleja historia de violencia.

 

Sus amigos llegaron hasta la estación de ferrocarril de Fontibón para asegurarse de que el reportero sinuano Antolín Díaz había regresado del frente de batalla, en el Putumayo, en buen estado de salud y con sus facultades intelectuales intactas. Llevaba seis meses en la selva, adonde el diario El Tiempo lo había destinado como enviado especial para cubrir el conflicto fronterizo con Perú. Las únicas pruebas de supervivencia que llegaban eran sus crónicas, muchas de ellas destruidas por la censura del Ministerio de Guerra en Bogotá. El calendario marcaba los últimos días de mayo de 1933.

Antolín llegó a la capital con la misión cumplida y un terrible beriberi que la guerra y el Amazonas profundo le estamparon como sello de salida. Pero en cuanto se repuso emprendió la escritura de unas memorias que aparecieron a finales de ese mismo año, bajo el título Lo que nadie sabe de la guerra. Allí vertió todas las denuncias de una contienda para la cual el Estado no estaba preparado. Y de paso completó el relato que el lápiz rojo de los militares había tratado de disimular.

Contó sobre el ignorado heroísmo indígena en la campaña del sur; señaló la descoordinación entre los mandos militares sobre el terreno y el gobierno del presidente liberal Olaya Herrera en el Palacio de San Carlos; también las precarias condiciones logísticas y sanitarias. E informó sobre el estado real de la maquinaria de guerra: “Nunca procuraron dotar a la institución de lo que el país requería para su defensa. Ni aviones ni armamento. La batería de cañones viejos, que en 1912 obsequiara el Jockey Club, era toda la artillería terrestre en el Putumayo”.

Antolín Díaz encarna uno de los primeros ejemplos de reporteros civiles “empotrados” en las filas del Ejército Nacional, patrocinados por un diario importante; contando a los lectores todo lo que veían, oían y tocaban, a través de notas enviadas por radiogramas desde el campo de batalla.

Una muestra de lo anterior se publica en El Tiempo del viernes 10 de marzo de 1933. La crónica se titula “La segunda noche de guerra en el frente”: “El oficial de administración no duerme un solo minuto. Sigo escribiendo... muy cerca, un viejo que había llegado aquella tarde, con un empleo civil, roncaba dando las más alt...

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Camilo Sánchez

(Bogotá, 1982). Politólogo y periodista. Colaborador habitual de El País de España.

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