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Viajes

Drácula

desde el país de Vlad Tepes

Ícono literario y símbolo de la ultraderecha, el mejor negocio turístico de todo un país y su principal producto de exportación, ¿qué más significa para los rumanos el oscuro conde creado por Bram Stoker? ¿Qué lo separa del personaje real en el cual está inspirado?

© DEA/ A. Dagli  Orti•Getty

La habitación de Drácula

Veintisiete minutos más tarde de lo previsto, el tren entra en la estación de Sighisoara. Los pasajeros locales, que han subido en cada pueblito desde Sibiu, recogen con calma maletines de cuero y bolsas viejas de supermercado cargadas con lo que sea que necesiten para hacer negocios en la ciudad. Están acostumbrados al retraso. Rumania tuvo un dictador que ni siquiera logró que los trenes circularan puntualmente y si eso no ha cambiado con el tiempo entre las ciudades principales, menos en las rutas secundarias del Ardeal. Es así como los rumanos llaman a esta región, dejando el nombre de “Transilvania” para los extranjeros. Siempre hay tres o cuatro en este tren; bajan de un salto y alistan sus cámaras para tomar la primera foto de la peregrinación. Esos a los que el nombre les evoca ya sabemos a quién.

“En 1972, Radu Florescu y Raymond T. McNally expusieron en su obra Drácula: la verdadera historia la tesis de que Stoker había basado su personaje en Vlad Tepes, un gobernador militar de la región de Valaquia. Florescu era un prestigioso académico rumano exiliado en Estados Unidos, y McNally una autoridad en los estudios sobre Europa oriental. Desde ahí se instaló una identificación entre los dos personajes, que ha durado hasta nuestros días”. Esto me dijo días atrás, en un café de Bucarest, Daniela Diaconescu, vicepresidenta de la Transylvanian Society of Dracula, que se fundó para congregar a literatos, folcloristas e historiadores que tuvieran en común su admiración por la novela de Bram Stoker.

Petre Moraru, el actor del Teatrul Mic de Bucarest que encarnó a Drácula en las campañas de la Oficina Nacional Rumana de Turismo, en una portada de National Geographic y en un “club nocturno temático” de Bucarest, no solo tuvo que estudiar a fondo el personaje sino acostumbrarse a hacer malabares retóricos para no decepcionar a los extranjeros, que esperaban colmillos y collares de ajo, sin humillar a una figura que para los rumanos es un héroe con derecho a calles que llevan su nombre en decenas de ciudades del país. El apartamento donde vive en el centro de Bucarest está decorado tanto con afiches de su rol, como con dibujos infantiles de su nieta que viene a quedarse con él algunos fines de semana.

“Lo cierto es que hace seiscientos años existió un personaje que por su físico y sus acciones tenía algo de vampiro, de chupador de sangre”, dice Diaconescu. Ese personaje fue Vlad III, nieto de Mircea el Grande, señor de la guerra, gobernador militar. Hoy, frente a una de las casas al interior de la fortaleza amurallada en la cima de Sighisoara, un letrero en cartón tienta a los visitantes: “Conozca por solo cinco lei la habitación donde nació Vlad DRACUL”. Es un error histórico flagrante, el sobrenombre “Dracul” corresponde a Vlad II, miembro de la Orden de los Caballeros del Dragón. (Dracul quiere decir “dragón” en rumano medieval y “diablo” en rumano moderno. Vlad III fue conocido como Tepes, que en rumano medieval y moderno quiere decir “empalador”.)

Una nube de pájaros negros sobrevuela la plaza central de la ciudadela amurallada y la neblina se ha instalado sobre las lápidas del cementerio sajón. Los cinco lei que cuesta la entrada equivalen a poco más de un euro. Una cajera acepta sin ganas el billete de textura plástica y me indica una escalera al fondo de un saloncito en el que suena metal progresivo. Los peldaños no rechinan, como uno esperaría. Cuando empujo la puerta del segundo piso veo un ataúd en el centro de la habitación.

Al mismo tiempo que se levanta la tapa del féretro escucho un grito que no puede venir de este mundo.

“Arrrrrrrghhhhhhhhhhh”, o algo así. Transcribo como me lo permite el horror.

El rostro del vampiro

La idea, tradicionalmente aceptada, de que Vlad III nació en Sighisoara en 1431, proviene de que en ese año el futuro emperador Segismundo de Luxemburgo nombró a su padre, Vlad II, miembro de la Orden del Dragón, abriéndole el camino para aspirar al título de voivod, gobernador militar de la región de Valaquia, en ese entonces en manos turcas. Para preparar la campaña de reconquista, Vlad II se habría instalado en el Ardeal, donde nacieron sus tres hijos menores. Según Kurt W. Treptow, profesor de estudios rumanos de la Universidad de Oregon, no existen menciones de los hijos de Vlad II antes de 1437 y aunque el nacimiento en Sighisoara es pausible, no se puede descartar que Vlad III haya nacido hacia 1428 en Târgoviste, 250 kilómetros al sur de Sighisoara.

El Museo de Historia de Rumania exhibe en cambio un documento escrito y firmado por Vlad III en que, el 20 de septiembre de 1459, con el objetivo de defender Valaquia de la amenaza turca, el ya nombrado gobernador militar ordenó el traslado de la corte a “la fortaleza construida en las orillas del río Dâmbovita”. Aunque los asentamientos humanos en la región datan del Paleolítico, ese documento es también la primera mención conocida de la existencia de Bucarest y la fecha es considerada como el nacimiento de la ciudad, que se desarrolló alrededor de la fortaleza mencionada por Vlad III. La fortaleza, conocida como “la Vieja Corte”, fue el centro de gobierno de la región de Valaquia hasta 1775 y sus ruinas aún están en pie en el corazón del centro histórico de la capital rumana. Frente a esta fortaleza, reina un busto de Vlad III, condenado a mirar un almacén Fashion District y a servir para las selfies de los pocos turistas que notan su presencia.

“Ahora está haciendo frío, pero vino gente el sábado y el domingo. Vienen de Canadá, Alemania, Estados Unidos, Irlanda, Escocia, de todas partes. Buscan en internet y saben más que los mismos rumanos. Se documentan y comprenden que lo de Drácula es una porquería. Porque es una porquería. ¿Sabe usted?”, dice la vendedora de tiquetes mientras busca en un manojo de llaves aquella que abre la reja del palacio

La administración del sitio histórico rechaza cualquier referencia al Drácula literario para concentrarse en el personaje histórico. En las galerías subterráneas, donde se cuela el agua de lluvia que atraviesa los dos pisos superiores, hay pinturas del siglo XIX sobre los principales episodios de la vida del voivod: sus años como rehén de la corte, como parte de las exigencias del sultán Murad ii, quien sabía que Vlad II no lanzaría un ataque sabiendo que su hijo sería ejecutado de inmediato, y el aprendizaje del idioma, costumbres y estrategias militares de los otomanos; su rebelión contra el tributo de ocupación que Vlad II había aceptado para salvarle la vida; y el Ataque Nocturno de Târgoviste en el verano de 1462, en el que, a pesar de contar con solo 10.000 hombres, Vlad III logró repeler los 100.000 soldados del sultán Mehmed II, quien luego de haber entrado en el territorio de Valaquia por la fortaleza de Turnu Severin, y haber conquistado todo el sur de la actual Rumania, tuvo que dar marcha atrás. La derrota fue apenas temporal; no solo las tropas del sultán capturaron en su retirada a centenares de campesinos como esclavos, sino que ese mismo año el rey de Hungría, Matías I, temeroso de la popularidad de Vlad III, ordenó su arresto en la ciudad de Visegrád, otorgando el principado de Valaquia a su hermano menor, Radu el Hermoso.

Fue durante sus años en prisión en Visegrád cuando habría sido pintado el que sería el único retrato contemporáneo de Vlad III, cuyo original perteneció al gabinete de curiosidades del archiduque Fernando II y una de cuyas copias se exhibe en la Vieja Corte. El rostro corresponde a la descripción que de él hizo el enviado papal Nicolas de Modrussa, quien conoció a Vlad III en persona: “No era muy alto de estatura, pero sí fuerte y bien constituido. Con una mirada terrible. Las fosas bien dilatadas. Ojos verdes, siempre abiertos. Y con cejas gruesas y negras que lo hacían parecer amenazante”.

 

 

El ícono (ultra)nacionalista

Fue a partir de ese retrato que el Partido Rumania Unida diseñó su logo. El presidente de la formación política, Bogdan Diaconu, se pone feliz cuando le pido que me deje tomarle fotos frente a un muro con la imagen de su ídolo, que ocupa toda una pared en la sala de reuniones de la sede del movimiento político, a cinco calles de la estación de trenes de Bucarest. “Es una confusión promovida por el mercadeo para vender un cuento falso y ganar dinero, así sea pisoteando uno de los pilares de nuestra historia nacional”.

“No se puede negar que inspira respeto”, dice Diaconu. Y sonríe cuando le digo que si también lo inspira el hecho de que los miembros del Frente Nacional francés escogieran como patrona a Juana de Arco. “Tenemos mucho en común con Marine y Jean-Marie. Estamos orgullosos de la patria donde nacimos”, dice, “pero no pensamos en ellos. Escogimos a Vlad III como símbolo porque hoy en día Europa vuelve a enfrentarse al peligro de una invasión otomana como la que él logró detener”.

Le digo que el Imperio otomano se acabó con la Primera Guerra Mundial. “Otomanos, turcos. Los mahometanos que hoy se hacen llamar ‘refugiados’ para entrar en Europa. Lo que quiero decir es que nos hace falta una mano dura como la de Vlad III. En la época de Vlad Tepes, alguien podía dejar veinte monedas de oro en la plaza central y al otro día estaban allí completicas. Eso nos parece increíble en nuestros días porque la justicia ya no se basa en el respeto a la norma sino en tratar de simpatizar con las minorías que roban, de entenderlos en lugar de castigarlos”, dice Diaconu. “Vlad III fue un símbolo de los valores cristianos y el peso de la autoridad. El castigo por el que se hizo famoso fue el empalamiento de los que pasaban por encima de la ley. ¿Sabía usted que por eso lo llamaban ‘Tepes’?”, me pregunta Diaconu.

“Como muchos de los rasgos del personaje, es posible que el mote de ‘Empalador’ apareciera después de su muerte”, dice el actor Petre Moraru. “Sus primeros biógrafos fueron sajones, que estaban interesados en deslegitimar sus aspiraciones y en exagerar la barbarie de los rumanos. No olvidemos que Vlad III vivió en la época en que existía la Inquisición. En Francia y en Inglaterra el terror era algo habitual. El empalamiento se inventó en Alemania y él consideró que también sería bueno traerlo por estas tierras”.

Versiones del conde

La adaptación no autorizada que Murnau hizo de la novela de Stoker volvió famoso al conde Drácula, y el conde Drácula hizo famosa a Rumania entre los lectores extranjeros, pero tuvo que pasar un siglo antes de que los rumanos pudieran leer la novela. Si bien existen evidencias de que la edición original inglesa y la traducción francesa de 1920 circularon y fueron reseñadas por la élite intelectual de Bucarest en el período de entreguerras y de que se publicaron traducciones de algunos fragmentos, la llegada al poder de los comunistas echó por tierra el proyecto de una traducción integral. Al principio, molestaban las referencias a la historia del país y el hecho de que se le presentara como una tierra bárbara y supersticiosa frente a la civilizada Inglaterra. Además, tras la llegada de Nicolae Ceaussescu al poder, en el resto del mundo comenzó a caricaturizarse al rumano más famoso del momento con los rasgos sanguinarios y los colmillos del más famoso de la historia. Según Duncan Hill, profesor del departamento de geografía de la Universidad de Liverpool que ha estudiado la historia de las traducciones de la novela, esto puede explicar que a pesar de que las autoridades rumanas autorizaron en los años setenta la traducción de ficciones victorianas como Frankenstein y ficciones vampíricas sobre Rumania como El castillo de los Cárpatos de Julio Verne, la versión rumana de Drácula, que llegó a estar muy avanzada, nunca pasó los filtros de la censura comunista.

“Los rumanos supimos de Drácula gracias a los turistas”, dice Moraru. “En los años sesenta, el embajador de Gran Bretaña pidió una audiencia con el primer ministro y le dijo que había un grupo de ciudadanos británicos que querían visitar Rumania para hacer un tour literario. El primer ministro fue donde el secretario general del Partido Comunista, Gheorghe Gheorghiu-Dej, y le dijo que querían ver dónde había vivido un tal Drácula”.

“Si van a dejar dinero que vengan, y si quieren ver a ese tal Drácula que lo vean”, fue lo que, según Moraru, dijo Gheorghiu-Dej. Hasta los años ochenta, “con autorización especial de la Oficina Nacional de Turismo, se organizaban cada año fiestas de Halloween, solo para los extranjeros. Entre los anfitriones había agentes de la policía secreta que informaban todo lo que se hablaba”, dice Diaconescu.

Las ruinas de Poenari

Los rumanos comenzaron a manifestarse contra el régimen de Nicolae Ceausescu el 16 de diciembre de 1989, y antes de Navidad ya el dictador había sido ejecutado. Meses después, se publicó la primera traducción al rumano de la novela de Bram Stoker y bajo la batuta de Nicolae Paduraru, se fundó la Transylvanian Society of Dracula.

Daniela Diaconescu recuerda que en los primeros meses llegaron centenares de cartas que solicitaban una membresía y el equipo tuvo que decidir que ciertas personas no podrían formar parte de tan selecto club. “Fue así como rechazamos decenas de solicitudes de góticos y satánicos. Y también terminamos negándole la membresía a Francis Ford Coppola”.

–¿Francis Ford Coppola?

–Nos escribió cuando estaba rodando su película y Nicolae Paduraru, el fundador, dijo: “La Sociedad tiene su prestigio. Si ese señor quiere ser miembro, que nos mande el guion”. Coppola no lo envió y así perdió su oportunidad. Aunque al final creo que también nosotros perdimos.

–La película agrega muchos elementos que no están en el libro. ¿En la Sociedad no la ven como una traición? –pregunto.

–Yo no. Coppola le da un lado humano al personaje y así lo hace aún más poderoso. El giro que más me tocó, de los que dio a la trama, es cuando habla la esposa de Drácula, Elisabeta; ella se suicida porque cree que él ha muerto. No está en el libro, pero en la Ciudadela de Poenari existe una torre desde la que dicen que la esposa de Tepes se botó al vacío. Es una hermosa historia de amor, aunque nunca existió una esposa con ese nombre.

Castillos en los Cárpatos

“Cuando mi hermano y mi primo me traicionaron decidí transformarme en vampiro y fui obligado a esconderme como un monstruo en mi nuevo hogar de los Cárpatos”, cita en inglés y con aire teatral Matei Simion Petrisor, del departamento de relaciones públicas del Castillo de Bran, una construcción medieval en el límite entre las regiones de Valaquia y Transilvania. Para llegar desde Bucarest se toma un tren hasta la ciudad de Brasov, y desde ahí, un autobús intermunicipal. Esa última parte del recorrido dura una hora. Se escucha manele, una especie de vallenato de los Cárpatos. Bran es la única parada que anuncia el conductor. “¡Drácula!”, grita, para que la cosa quede clara. La construcción se levanta sobre una colina bien visible desde la carretera y las torres se pierden en la niebla. Durante las últimas tres décadas, los empresarios turísticos han promovido la idea de que este fue el paisaje que tuvo enfrente Jonathan Harker cuando llegó a la región para tratar de cerrar el negocio de finca raíz más famoso de la literatura.

“Hoy en día el dueño del castillo es el nieto de la reina María, el hijo de la princesa Elena, su alteza imperial el archiduque Dominic von Habsburg-Lothringen, príncipe de Toscana, que de hecho es mi jefe”, dice Petrisor, “pero a nadie le importan todos esos títulos porque él no es un famoso personaje internacional. Para ser famoso hasta en Hong Kong, hay que tener una gran historia”. Esa gran historia es por supuesto la novela de Bram Stoker; por eso al recorrer el castillo uno encuentra referencias tanto a la verdadera familia real rumana como al conde Drácula, Vlad Tepes y los strigoi y los moroi, esas criaturas del folclor de Europa oriental que dieron sus rasgos a los vampiros literarios.

Moraru cuenta que: “Cuando moría el brujo del pueblo se decía: ‘Este se va convertir en vârcolac o en moroi. Va a regresar a molestar a las familias y a morderlos en el pescuezo’. Entonces, antes de ponerlo en la tumba, cogían un pedazo de leña y se lo enterraban en el corazón. Exactamente como en los relatos que escuchó Bram Stoker y a partir de los cuales construyó su historia”.

Aún hoy no es fácil llegar a la Ciudadela de Poenari, que Vlad III construyó como punto de observación en una montaña 400 metros por encima del camino que comunicaba las regiones de Valaquia y Transilvania. No solo porque ninguna línea regular de bus recorre ese camino, sino porque desde la carretera hay que subir 1.450 escalones, los mismos que Tepes habría bajado a caballo y en reversa para escapar de los turcos que avanzaban hacia la cima por el flanco opuesto.

 

Cuando a medio camino en la subida oigo los aullidos de una jauría de perros callejeros que resuenan en el valle, me viene a la cabeza eso de “Oh, listen to them, the children of the night, what sweet music they make”, dicho por Gary Oldman y Christopher Lee y Béla Lugosi, en las adaptaciones cinematográficas, y también por Dani Filth, en su famosa canción de cuna “A Dream of Wolves in The Snow”. Pero el encanto de la atmósfera se rompe a partir del escalón 1.311, cuando uno avista dos maniquíes en una posición que nada tiene que ver con el noble oficio del empalamiento: arte de atravesar a una persona con una estaca para que muera.

Y la gente se toma selfies con ellos.

 

 

Turistas son turistas

 La Ciudadela de Poenari y el palacio de la Vieja Corte son los dos lugares en los que aún se puede establecer una relación histórica con el personaje de Vlad Tepes. El Castillo de Bran estaría más ligado al personaje literario. Matei Petrisor insiste en que cuando Stoker habla del castillo de Drácula lo describe con tal precisión que parece que estuviera allí, y aunque admite lo que se sabe, que Stoker jamás visitó Rumania, dice que estudió el castillo en los grabados del libro de Charles Boner, Transylvania; its Products and its People. Petre Moraru es escéptico: “En la novela se menciona un solo lugar real de Transilvania: Bistrita. Es allí donde Harker pasa la noche antes de viajar al paso del Borgo. Hoy en día existe en Bistrita un hotel que se llama igual que el de la novela y en una época se pensó construir un parque temático en la región. Todo esto a 300 kilómetros de Bran.”

Daniela Diaconescu insiste: “No hay ninguna referencia a Bran ni en la novela ni en los apuntes de trabajo de Bram Stoker”. Petrisor defiende lo suyo: “El Castillo de Bran es la atracción turística número uno de Rumania. Este año esperamos 600.000 visitantes. Son muchos turistas, y muchos turistas quiere decir mucho dinero. En los setenta, Bran era un pueblito de agricultores. Ahora hay 820 hoteles en el valle y por supuesto, un bazar con artesanías rumanas hechas a mano en China que se venden muy bien”. Adriana Ursache es desde hace doce años una de las vendedoras de ese mercadillo. Profesora de francés retirada, aún se niega a vender otra cosa que no sea el trabajo de los artistas y artesanos locales. “Antes, la gente compraba productos representativos de la región. Hoy lo que se vende son adornos kitsch. Eso muestra que los turistas cada vez son menos cultos. No vienen por la novela, que con seguridad ni siquiera han leído”.

Moraru también refunfuña contra los souvenirs de plástico, pero tiene su propia idea de cómo sacarle provecho al personaje: “Drácula es una marca que vende bien. Eso no vamos a poder cambiarlo, pero podemos aprovecharlo. Como los extranjeros están locos por Drácula traigámoslos pues con la excusa de Drácula. Los llevamos a la Vieja Corte, a Poenari, a Bistrita y a Bran si eso es lo que quieren. Los paseamos dos días, yo voy de guía con ellos y después me quito la capa y los colmillos y les digo: ‘Un momento. Hasta ahora solo han estado por las zonas maléficas. Se han cargado de energía maléfica y eso hay que limpiarlo’. Entonces me los llevo a la región de Moldavia para que vean las iglesias y los monasterios, un lugar santo, un lugar que la gente debería conocer”.

La habitación de Drácula (parte II)

Habrá otra ocasión para visitar los lugares santos de Rumania. Ahora estamos en una recámara cargada con energía maléfica. La habitación de Drácula. El ataúd se abre. El grito resuena en mis oídos.

“Arrrrrrrghhhhhhhhhhh”.

El hombre del ataúd con sus colmillos y su sombrero de copa se queda mirándome.

–Si quiere puede darme una propina –dice. Su nombre es Leronim Rus. –No es que sea muy cómodo estar metido aquí todo el día, así inclinado dentro del ataúd, pero gano más que trabajando como jornalero en el campo.

–Usted es Drácula. A lo mejor puede contarme su historia.

–Fue un vampiro que nació aquí. Qué más le voy a contar. Vienen turistas de todas partes. Cuando pagan abajo, la señora de la entrada me timbra, yo salgo del ataúd y grito. La historia no me interesa más allá de eso. Vaya a la habitación de al lado. Ahí tiene unas pinturas. Les puede tomar fotos si quiere.

En la habitación están los dos retratos. El de Vlad III, el único que se pintó durante su vida. Ese Vlad Tepes  que para Bogdan Diaconu y sus ultranacionalistas es un símbolo de “la resistencia frente a los mahometanos, del amor y el sacrificio por la patria y el cristianismo”. El que, según Petrisor, estuvo prisionero en el Castillo de Bran “al menos dos meses, como lo prueban recientes estudios”. En la pared de enfrente está el Drácula de Bram Stoker. Con esos rasgos tan vagamente descritos en el libro, pero tan bien inmortilazados por Hollywood. Ese que ahora se me parece a Petre Moraru.

“Ni siquiera sus retratos se pueden comparar”, dice Daniela Diaconescu, “porque el personaje histórico era débil, uno más de los voivods rumanos que ya nadie recordaría si no fuera por el personaje de la novela, que es el arquetipo de la inmortalidad. ¿Quién no quiere ser inmortal? Por mi parte, desde que leí el libro por primera vez, es eso lo que quiero. Vlad Tepes no existiría sin Drácula porque, a diferencia del conde, Tepes no pudo ser inmortal”.

Mientras la barca que me lleva se detiene en la playita de la isla de Snagov, sé que no voy a saber mucho más. Víctima de la traición de los nobles locales, Vlad III fue emboscado “en un bosque cerca de Bucarest”. Su cabeza al parecer fue enviada a Turquía como regalo. Dos monasterios reclaman tener sus restos: el de Comana, destruido y reconstruido varias veces desde entonces, a tal punto que nada queda de la construcción original, menos aún de las tumbas que allí existieron; y el de Snagov, donde una primera expedición arqueológica solo permitió encontrar huesos de caballos, enterrados tal vez por lo miembros de un culto pagano, y una expedición posterior reveló bajo el altar un féretro vacío.

“Si quiere entrar a ver la tumba de Drácula son cinco lei”, dice la monjita que se ocupa del lugar.

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