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Columna

Acompañantes de guerreros

Marchando a la retaguardia, cientos de mujeres han cumplido un rol indispensable en las filas de los más variados ejércitos a lo largo de la historia.

Mujeres patriotas, México, 1914 • © Ponciano Flores Pérez | Archivo Casasola

 

A las cortes errantes medievales, con sus guerreros y servidores, las seguía una gran cantidad de mujeres “atraídas por la codicia y el libertinaje”. A ellas y a sus amantes, que vivían de la prostitución, el robo y el juego, se les conocía como ribauds. Estas “turbas degradadas” crecieron considerablemente con las Cruzadas, pero en tal desorden que fue necesaria una autoridad especial y permanente para mantener un mínimo de compostura. Felipe II (1165-1223) logró sacarles provecho organizándolas militarmente. Continuaron con los desafueros, reclutando mujeres a su paso, pero el rey se libró del control cotidiano aprovechando ocasionalmente su valentía y audacia como cuerpo élite de batalla. Las puso bajo la dirección de un alto oficial de la corte, conocido como le roi des ribauds, algo como el rey de la chusma. Este antiguo oficial, precedido de gran prestigio y respeto, contaba con un carcelero y un verdugo para los juicios sumarios y la imposición de multas. El cargo se tornó muy lucrativo pues además de impartir justicia privada podía cobrar impuestos a las tabernas y a las mujeres públicas.

 

Por la misma época, en la China de la dinastía Song, los campamentos militares estaban siempre rodeados de burdeles, una tradición de varios siglos, desde el Período de las Primaveras y Otoños (722-479 a.C.) cuando el rey Goujian de Yue usó prostitutas para mantener el ánimo de sus soldados. No se trataba de profesionales del sexo sino de mujeres capturadas con el propósito de servir al ejército.

En la América precolombina los aztecas o mexicas construyeron un poderoso imperio con un ejército siempre renovado de hombres comprometidos con la guerra. Progresivamente se aceptó que ciertas mujeres actuaran como auianimes, “alegradoras” o jóvenes de placer, para atender a los guerreros. Durante el régimen de Ahuízotl eran “mujeres públicas que pintaban sus caras con rojos y amarillos brillantes y mascaban chicle”, expertas en artes amatorias que cambiaban sus favores por valiosos regalos. El destino determinaba parcialmente cuáles jóvenes se convertirían en auianimes, que en principio nacían bajo la influencia de ciertas divinidades, como Tlazoltéotl, reina del sexo. Además de pintarse la cara se peinaban de manera distintiva. Provenían no solo de la población menos favorecida sino de los prisioneros de guerra. Se consideraban útiles para satisfacer las necesidades sexuales de los guerreros y así prevenir que se casaran antes de los veinte años, un matrimonio prematuro que debilitaba al ejército. También podían servirles a los guerreros casados y con concubina como recompensa por arriesgar su vida. Eran estos militares de mejor posición los que les daban a las auianimes maquillaje, decoraciones para su peinado y buenas joyas.

Los aztecas menospreciaban a las mujeres viejas y solteras, pero con el aumento de la guerra su presencia empezó a ser tolerada en los lugares en donde los guerreros buscaban reposo. Aunque las auianimes de cualquier edad eran miradas con cierto desdén, se las honraba cuando los guerreros las escogían como parejas de baile en algunas fiestas importantes. En esas ocasiones especiales no usaban sus pinturas características y al lado de los guerreros eran reconocidas oficialmente y valoradas como miembros de la sociedad. Pero cuando contraían alguna enfermedad venérea o la edad las debilitaba, el baile era un último homenaje ya que las estrangulaban por la espalda. Con el crecimiento del ejército mexica, la participación femenina directa en las batallas disminuyó, y se hizo más común el papel de acompañantes de las tropas, para cocinarles y cargar abastecimientos. También ganaron importancia otras formas de apoyo a la guerra, como tener hijos combatientes, ser esposas o compañeras sexuales.

Al igual que las veshyas o ganikas de la India, se trataba de personas no sujetas a las normas y restricciones imperantes para las mujeres de las clases altas. Bernardino de Sahagún las describe mostrando que no se trataba de una actividad exclusivamente guerrera. “Tú eres alegre. Le sales a la gente a su paso. Eres bulliciosa y desasosegada. Llamas a los hombres con señas de la cara. Pones cara risueña a los hombres. Andas pescando a los hombres. Eres mujer disoluta”. Los españoles nunca entendieron el valor social asignado por los mexicas a las auianimes. Siempre las vieron como simples prostitutas y las consideraron una escoria. En los enfrentamientos con los conquistadores, las auianimes también tenían un papel de mociuaquetzque, o sea de animadoras en las batallas. “¿Por qué retrocedes? ¿No tienes vergüenza? Ninguna mujer se pintará de nuevo la cara por ti”, les gritaban a los soldados. Las enemistades existentes entre los grupos mesoamericanos antes de la llegada de los españoles hicieron que la participación de las aborígenes en la Conquista fuera bien compleja. Algunas de ellas, bautizadas, se unieron al enemigo del enemigo para combatirlo.

Las guerras contra los españoles, los norteamericanos, los franceses y luego la revolución hicieron necesaria la presencia de mujeres en los ejércitos mexicanos, como acompañantes de soldados, cocineras, lavanderas, enfermeras, concubinas, prostitutas o esclavas sexuales. El papel primordial de sirvientas se remonta a las prácticas militares de los mexicas que tenían contingentes femeninos para cargar suministros y cocinar. El término “soldadera” fue introducido por los españoles para designar a quien recibía la paga del combatiente, la “soldada”. Las tropas mexicanas no alimentaban a sus guerreros sino que les daban dinero para que las soldaderas atendieran sus necesidades. El ejército francés trajo sus propias acompañantes, las vivandières.

El papel de las soldaderas como guías, correos e intérpretes fue fundamental pues podían desplazarse por territorios hostiles con mayor facilidad que los varones. Fueron comunes las redes entre sirvientas de soldados realistas con el fin de obtener información útil para los rebeldes. Un juez se quejaba de que las mujeres “son uno de los mayores males que hemos tenido desde el principio de estas guerras pues aprovechando su sexo son un instrumento para seducir todo tipo de personas”. Muchas de ellas utilizaban la jerarquía de las tropas –locales o invasoras– como mecanismo de ascenso social. Por eso eran tan frecuentes las acusaciones de deslealdad y traición. La regularidad de los sueldos constituía un poderoso imán para concubinas o prostitutas y, como las rangueras de las Farc, las soldaderas de los oficiales tenían mayor estatus.

Algunas soldaderas eran valerosas combatientes. En la época colonial hubo un resurgimiento con tinte español de las diosas de la guerra precolombinas. La aparición de Nuestra Señora de Guadalupe, o María la Insurgente, tuvo lugar allí donde quedaba el templo dedicado a Toci o Tonantzin, antigua diosa de los mexicas.

Las acompañantes colombianas en la Guerra de los Mil Días se conocen como juanas, cholas o rabonas. Las razones para apoyar a las tropas iban desde “la pasión política y el afán de lucro hasta los caprichos del amor y el apego a la aventura”. Servían de apoyo logístico, como mensajeras e informadoras; suministradoras de productos alimenticios, de materiales bélicos y de sanidad, o como guerreras. “Marchando a la retaguardia y algunas sin siquiera nexos de corazón o familia con los combatientes, los curaban, alimentaban, consolaban y veían por sus ropas y sus armas”. Inevitablemente se mezclaban con “las damas de la vida alegre que combinaban su papel de meretrices con comercios ambulantes de baratijas y licor”. Sobre los retozos amorosos de las acompañantes de guerreros, en La Venturosa, Ramón Manrique anota que “cuando le restaba al trasiego un tiempecito, le gustaba a la juana oficiar en el altar de la Venus mercenaria, cuya ara levantaba a la sombra cómplice de un payandé o en la ardiente arena de una playa”.

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Mauricio Rubio

Columnista de El Malpensante y La Silla Vacía. Es investigador de la Universidad Externado de Colombia.

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