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Columna

No se polemiza

Las redes sociales suelen ser un escenario tan propicio para la adulación por parte de amigos cercanos, como para el escarnio de espontáneos detractores. De repente, todos opinamos. Pero, ¿vale la pena sostener alguna de esas discusiones?

 

Los que tienen vida pública, los famosos de todas layas, están acostumbrados. También las personas muy sociables, expansivas, los grandes conversadores y los operados de los nervios. A muchos incluso les gusta: florecen, se esponjan como la Pantera Rosa saliendo de la lavadora. Yo los envidio a veces. Por ejemplo ahora.

Uso Twitter hace un par de años y me parece una herramienta magnífica. Entre otras cosas es la compañía perfecta para quienes trabajamos sin ruido, sin radio, sin charla, no por misantropía sino por obligación profesional: el silencio viene en el paquete básico en mi área de desempeño laboral. Sin embargo, como creo quizás hasta demasiado en la palabra, caigo sin remisión en el influjo de la gente que escribe bien –que es algo muy distinto de escribir correcto o escribir cosas importantes–, y de esa hay mucha que he conocido leyéndola en ingeniosos o emocionantes o inteligentísimos fragmentos. Pero hay un problema.

 



Redes sociales siempre ha habido, por supuesto. Antes se llamaban familia y amigos. En un porcentaje relativamente alto –muy alto en mi caso–, esa red social de cada uno opinaba más o menos como uno, o te respetaba y te quería, y a menudo se quedaba callada cuando había una verdad incómoda dando vueltas, obedeciendo a la sabiduría popular que sostiene que no porque algo sea cierto hay que obligatoriamente correr a contártelo, sin medir las consecuencias en daño por centímetro cúbico. Lo que tienen de diferente las redes sociales de hoy es que se te superponen los públicos, digamos, y así, por primera vez te enteras en estéreo de lo que dice de ti la gente que no te quiere. Bueno, hay que bancárselo. Si quieres tener tribuna, tienes que estar dispuesto a ser ofendido.

Luego también te enteras de furibundas opiniones opuestas a las tuyas sobre asuntos públicos relevantes o bien polémicas no tan relevantes en las que se involucra a tus conocidos, tu entorno. Y está bien: si un foro como Twitter no logra que al menos pases a inspección tus convicciones más queridas, eso no es un foro, es un coctel. Ahora, lo que habitualmente ocurre es que en el fondo piensas que podrías convencer a esos avatares enemigos si solo escucharan tus argumentos, si no tuvieran la información torcida, si reconocieran sus puntos ciegos. Ingenuota.

Parece que el poeta Rafael Alberti, aburrido de que le pidieran textos para otros, pegó un cartelito en su puerta: “No se hacen prólogos”. Pues bien, hay días en que uno debe pegarse uno parecido en los dedos: “No se polemiza”. Hay gente con gran talento para la polémica rijosa y un revestimiento símil piedra que la protege psicológicamente de los arteros y las pullas, pero los que nacimos sin lo uno y lo otro debemos reservar nuestro modesto arsenal retórico para las causas que realmente merezcan la pena, y esas son pocas: las políticas y las que tienen que ver con la honra, en primer lugar. Y, puesto que de los trolls es el reino del anonimato, no gastar pólvora en gallinazos es uno de los grandes aprendizajes de esta convivencia en masa y en línea con ingratos que te quitan el saludo incluso antes de conocerte.

Escribo esta columna, entonces, para no escribir otras. Porque soy cobarde y lloro al primer pinchazo, pero también porque me he convencido de que, justamente cuando es muy fácil escribir y replicar, quedarse callado tiene valor. No se polemiza, Palet, recuerda tus razones:

No se polemiza solo para la galería. “Self expression is the new entertainment”, se dice hoy: estamos tan encantados de hablarle al mundo, ahora que podemos, que leemos menos libros e incluso vemos menos televisión. Así las cosas, a veces atacamos solo por el gusto de publicar una diatriba vistosa y ser palmoteados y retuiteados. Sin embargo, creo que siempre que sea posible hay que huir de la trampa del ingenio y la pluma fácil; ir en contra de tu habilidad, como dice Fabián Casas. Para lucirse, mejor bailar. O cocinar.

No se polemiza con alguien que no distingue entre Estado y Gobierno. O entre pensamiento mágico y método científico. Habría que partir de muy muy abajo, y toma mucho tiempo y toneladas de tedio llegar hasta un escalón en que la discusión pudiera ponerse interesante. Siendo sinceros, con estos hippies ese momento no llega nunca.

No se polemiza con alguien de quien conoces su secreto. El mío es un país relativamente despoblado; a veces da la sensación de que nos conocemos todos. Sabemos o creemos saber cosas vergonzosas del otro, intimidades, y en esas condiciones la tentación de recurrir a la alusión velada es muy grande. Tener demasiada información privada sobre el otro es entonces una forma de injusticia. Además el contraataque suele ser feroz y por aquí no hay lobos, Caperucita.

No se polemiza con alguien en estado de negación. No va a salir de la anécdota, del detalle banal, de la afectividad sin razón. La negación es un tipo de neurosis que maneja la sospecha como única explicación. Donde creas estar desplegando inteligencia el otro solo verá soberbia. No importa lo contundentes que sean tus datos, no le entrarán en la cabeza. Simplemente no se puede argumentar con ellos, en ese estado son solo un arma de repetición de estupideces.

No se polemiza con quien nos tiene inquina. Como dice un amigo, no dejes que la realidad se interponga entre tú y un buen prejuicio. Así funcionamos casi todos casi siempre. No importa lo mucho que lo disfracemos, lo real es que el componente emocional es decisivo en cualquier intercambio supuestamente intelectual: si esa mujer me detesta sin conocerme no hay nada que yo pueda hacer (habiendo descartado la humillación, por supuesto).

No se polemiza si va uno a rendirse enseguida. Me ocurre que sostengo una opinión sin demasiadas fisuras hasta que me encuentro con los del otro lado y, como sufro de exceso de empatía, a la media hora de conversación le hallo razón a todo el mundo. Así no se puede.

No se polemiza con el piojo y la pulga. Ahora me sirve haber leído las dos mil páginas de la Vida de Johnson, porque puedo citar con seguridad esa fantástica réplica del doctor Johnson cuando le preguntaron cuál le parecía mejor entre dos poetas contemporáneos suyos: “Señor mío, aún no se ha establecido el orden de prelación entre el piojo y la pulga”. Lo normal es usar todo el poder que puedas tener, pero cuando la contienda es muy desigual yo al menos veo un valor moral en abstenerse.

Por lo demás, nunca estaremos lo bastante seguros de no ser nosotros el piojo o la pulga.

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Andrea Palet

Dirige el Magíster en Edición de la Universidad Diego Portales. Tiene una editorial que se llama Libros del Laurel

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