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Música

Ensaladilla de Les Paul

Cinco de las diez guitarras eléctricas más vendidas en el mundo llevan la firma de su creador, Les Paul. ¿Quién fue el genio versátil detrás de este extraordinario invento?

Les Paul en Nueva York en 1992, con su afamada guitarra • © William Coupon | Corbis

 

El nombre Lester William Polsfuss puede no significar mucho para la historia de la música. Pero si lo reemplazamos por su versión abreviada, manuscrita en el clavijero de la guitarra preferida por Eric Clapton, Brian May, Slash, Jimmy Page, Keith Richards, Jimi Hendrix y miles de guitarristas amateurs que no dejan dormir a sus vecinos, tendremos que decir que la música popular actual no sonaría igual de no ser por Les Paul.

Aunque muchos relacionan su nombre directamente con el de la guitarra, es difícil definir cuál de sus aportes ha sido el más importante para la música. Necio desde pequeño, se pasó la vida entera metiéndole mano a todos los instrumentos y aparatos que encontraba a su paso en su búsqueda para perfeccionar el sonido. En la Gibson Les Paul convergen los dos lados del trabajo de su creador: perfección e innovación. No solo es un instrumento cuidadosamente logrado, con uno de los mejores diseños y sonidos del mercado, sino que es también la primera guitarra eléctrica de cuerpo macizo.

Para hablar de Les Paul con justicia es necesario sumar a la invención de esta guitarra la creación de efectos como el delay y el reverb, la experimentación con los micrófonos durante las grabaciones, el diseño de sistemas para modular el eco y la creación de la grabación multipista. Antes de Les Paul las guitarras eléctricas eran huecas, tenían mucho feedback y todo vibraba al tocar una nota. Antes de Les Paul era necesario grabar en vivo, todo al tiempo, manipulando las distancias entre los micrófonos y los instrumentos, y era poco lo que se podía hacer después de la grabación para balancear el sonido. Antes de Les Paul era mucho más amplia la distancia que separaba a la electrónica de la música, ese encuentro que ahora parece tan natural y necesario. Antes de Les Paul, el rock y el pop como los conocemos no hubieran podido existir.

Además de un inquieto inventor, fue un extraordinario guitarrista de country, jazz y blues. Desde niño, en su pueblito natal del Medio Oeste gringo, aprendió a tocar la guitarra, la armónica, el banjo y la mandolina. Comenzó a hacer presentaciones en público desde los 13 años y arrancó pronto a recorrer el país de costa a costa con los diferentes proyectos que conformó a lo largo de su vida: un par de tríos, un par de dúos –uno de ellos junto a Mary Ford, quien sería su esposa–, colaboraciones con otros músicos y presentaciones en grandes conciertos y en pequeños clubes de jazz como Fat Tuesdays y el Iridium.

Después de 94 años, muchos viajes, tarimas, inventos, caídas, golpes, un accidente casi fatal en el 48 y un infarto en el 80, la determinación de Les Paul dejó de alcanzarle para seguir adelante el 13 de agosto de 2009 en el White Plains Hospital de Nueva York, por una neumonía.

Para despedirlo, revisamos entrevistas y documentales sobre su vida, nos sentamos a escuchar a grandes guitarristas hablando sobre el sonido y a coleccionistas presumiendo sobre el escandaloso precio de una Les Paul Sunburst modelo 59, lo vimos tocar magistralmente con sus dedos chuecos, echar chistes malos, reírse solo, contar diferentes versiones de las mismas historias remotas... y al final, agarramos todo eso y armamos esta ensaladilla de Les Paul con sus propias palabras.

 

Cowboys sin sombreros

Nací en Waukesha en 1915. Creo que todos saben dónde queda Waukesha, pero para los dos o tres que no lo sepan, es un pueblito 30 kilómetros al este de Milwaukee.

Era muy pequeño cuando comencé a tocar. Mis dedos aún no me alcanzaban para tocar las seis cuerdas de la guitarra, así que le quité una y tocaba con las otras cinco. También tocaba la armónica, pero al revés, aspirando cuando debía soplar y viceversa. Desde ese momento, mi familia se dio cuenta de que yo era un soñador y que estaba realmente interesado en la música. Fue para esa época cuando me pusieron los apodos de “Red, hot Red” y “El mago de Waukesha”.

A los 11 ya quería irme de la casa, pero todavía estaba muy pequeño, entonces me quedé por ahí paseando, tocando y jodiendo. Cuando cumplí 13 ya todos estaban ansiosos por que me largara, y eso hice: me uní a la Cowboy Band. Con ellos aprendí muchísimo en muy poco tiempo, no solo de música. Era un grupo grande y todos eran mucho mayores que yo. Yo tenía 13 y ellos estaban en sus veinte, sus treinta y algunos hasta en sus setenta.

Yo sabía tocar el piano, la guitarra, el banjo, la mandolina y también cantaba. En la banda tocaba el piano y en algunas canciones hacía la voz principal. Éramos muchos músicos y no teníamos suficientes botas y sombreros para todos, así que cuando salíamos al escenario y alguien tenía un solo en el micrófono principal, yo le daba mis botas y mi sombrero, y cuando era mi turno de cantar me los devolvían para que pudiera pasar adelante.

Inventando o tocando, podía pasar días enteros entre sus instrumentos • © Cortesía de www.case.edu

 

El inventor, entre cuerdas y cables

Como a los siete años me pasó algo que despertó mi interés por la música y la electrónica. Siempre he sido muy curioso para inventar toda clase de cosas para tocar: primero cogí un gancho de ropa y monté ahí la armónica para poder tocarla y tener las manos libres para la guitarra, después le hice más huecos a los rollos del órgano de mi mamá para modificar el sonido, cuando no me gustaba los volvía a tapar... esa misma curiosidad apareció con la electrónica.

Todo comenzó en una montaña donde decían que había un cementerio indígena. Estaba ahí jugando con varios amigos, cuando me volteo y me encuentro a uno de ellos enrollando un alambre en un tubo de papel higiénico, 18, 19, 20 vueltas. Entonces le pregunté: “¿Harry, qué diablos estás haciendo?”, y Harry me contesta “Pues un receptor de radio, ¿no sabes lo que es un receptor de radio? Es lo último, puedes oír música con esto, sin baterías, sin nada”. Entonces la cosa me quedó dando vueltas en la cabeza hasta que construí mi propio aparato de esos y lo primero que me puse a escuchar, lógicamente, fue una guitarra. Necesitaba tener mi propia guitarra.

Ni antes ni después de eso tuve ninguna preparación en electrónica. Solo me la pasaba metido en la biblioteca y estudiaba en el taller del colegio. Antes de las presentaciones, cuando los ingenieros estaban arreglando sus cosas, me iba para allá atrás a mirar cómo eran por dentro, cómo funcionaban un transmisor, un ecualizador, un filtro, así aprendí cómo hacerlos yo mismo.

No faltó mucho para que me enganchara con la electrónica. Son dos cosas que se llevan tan bien que creo que actualmente no existe ningún guitarrista, ningún músico, en general, que no se sienta atraído por la electrónica.

 

Una pequeña traición

Cuando tenía como 8 años me iba a la cama con un hilo amarrado al pie y tiraba el otro extremo por la ventana para que mis amigos me jalaran si había alguna “emergencia”. Un domingo por la mañana me jalaron el hilo y comenzaron a gritar “Red, tienes que ver a este tipo que toca la guitarra como no te imaginas. Baja, tienes que ver eso”. Acababan de despertarme, estaba en calzones, medio dormido: “¡A mí qué me importa, eso no sirve para nada, puro espectáculo!”. Insistieron e insistieron hasta que bajé y me fui con ellos. Cuando llegamos, me levantaron entre los dos para que pudiera ver al tipo tocar a través de la ventana. Era Joe Wolverton. Me quedé ahí, boquiabierto, viendo cómo paseaba sus dedos por todo el mástil. Nunca había visto algo así, no podía creerlo.

Joe me vio mirándolo por la ventana y me preguntó si me interesaba la guitarra. “Claro”, respondí. Me la entregó y comencé a tocar. “No está mal, me dijo, déjame enseñarte un par de cosas. Practica y vuelvo en dos semanas para que toquemos juntos”. Joe volvió a las dos semanas, toqué de nuevo para él lo que me había enseñado y mucho más. “Impresionante, déjame contarle al jefe”. Joe le habló al jefe sobre mí, el jefe me vio tocar y me contrató enseguida. Lo que no sabía en ese momento era que para contratarme el jefe había despedido a Joe. Cuando llegué al ensayo pregunté “¿Bueno, y dónde está Joe?”. “Joe ya no está con nosotros”, fue lo que me dijeron. Había hecho que botaran al tipo que me había enseñado a tocar.

El siguiente capítulo de la historia es que Joe me llamó desde Missouri: “Les, ya sabes que me sacaron de la banda, ¿qué tal si tú y yo formamos un dúo?, ¿por qué no te vienes para acá, a Springfield, Missouri, y montamos una estación de radio?”. Eran los comienzos de la radio cuando me metí en ese proyecto.

 

Dos radios robados

Hacia 1928 yo tocaba la guitarra y la armónica en un asadero de hamburguesas al lado de la avenida, uno de esos negocios que atienden a los conductores por la ventana. Los clientes llegaban en sus carros a comprar hamburguesas pero por el ruido de los motores y de la calle no alcanzaban a escuchar lo que yo estaba tocando.

Estuve pensando cómo hacer para que me pudieran escuchar desde los carros y así sacar algunas propinas, porque la cosa andaba dura. Lo que se me ocurrió fue coger el teléfono de mi madre, arrancarle la bocina –mi madre me armó un show por eso–, usarla como micrófono y conectarla al radio de mi mamá. Todos dijeron que era fantástico: al fin escuchaban mi voz, pero aun no alcanzaban a oír la guitarra.

Entonces agarré la punta de un cable de fonógrafo, lo incrusté en la guitarra acústica y la conecté por el otro extremo al radio de mi papá, allí estaban los dos radios que le había robado a mis padres, uno al lado del otro, uno amplificando mi voz y la armónica y el otro amplificando mi guitarra. Todos quedaron felices, podían escuchar mi voz, la guitarra, la armónica y mis chistes. Y ese fue el comienzo. Así nació la guitarra electroacústica. Y mejoraron las propinas.

Con Paul McCartney, revisando un nuevo modelo • © Cortesía de www.unreality.mag

 

Un pedazo de hierro con alas

A principios de los treinta, tocara lo que tocara, sentía que necesitaba una guitarra de cuerpo macizo. La guitarra que había inventado no me satisfacía plenamente: tenía mucho feedback y no me daba todos los sonidos que estaba buscando. Además, en las guitarras huecas la presión sobre las pastillas hundía la tapa y afectaba el sonido. Se supone que al tocar solo debe vibrar la cuerda, no las pastillas, ni la tapa, ni nada más. De ahí surgió la necesidad de crear una guitarra eléctrica sólida.

Pasé un buen rato dándole vueltas al asunto, hasta que se me ocurrió la idea. Lo que hice fue agarrar un pedazo de metal de la vía del tren –sí, así como lo oyes, un pedazo de metal de la vía del tren–, extendí una cuerda a lo largo de esa pieza de acero, enrollé el otro extremo de cable de teléfono, el del auricular, bajo la cuerda para usarlo como pastilla y listo. Toqué la nota y el cable de fonógrafo conectado al radio de mi padre amplificó el primer acorde de la primera guitarra eléctrica maciza armada con ese pedazo de hierro de la vía del tren.

Ese era el sonido que buscaba, pero ahora sí que tenía un problema: no había manera de imaginar a ningún cowboy montado en un caballo con un pedazo de hierro de la vía del tren en la mano. Tenía que trabajar en algo hecho de madera. Fue en 1941 cuando finalmente encontré la respuesta para terminar el diseño. Hice la guitarra con una pieza de madera de 4 x 4. Al principio todos se rieron al ver ese tronco, pero después, cuando le di la forma de alas, ya no parecía que esa madera no fuera parte de la guitarra. Era hermosa y les encantó.

 

Gibson y Les Paul: perfección

Me tomó varios años convencer a la gente de Gibson de que éste era el camino a seguir. En 1951 recibí la visita de un ejecutivo de la empresa, venía a buscarme por orden directa de M. H. Berlin, el presidente de la junta directiva de Gibson. “Encuentra al tipo ese que toca el palo de escoba con pastillas atravesadas y contrátalo”, le habían dicho. Acepté de inmediato, pero aún faltaba aclarar una condición: no querían usar el nombre Gibson para la guitarra. Entonces este tipo me pregunta si se me ocurre algo y lo único que vino a mi cabeza fue: “¿Por qué no le ponen guitarra Les Paul?”.

Desde ese primer momento hasta hoy he mantenido contacto permanente con la gente de Gibson para asegurarme de que la guitarra sea hecha exactamente como debe ser. La guitarra eléctrica maciza debe garantizar el menor feedback, el mejor sonido, y la ubicación de las pastillas debe ser precisa. Después de haber pasado siete días a la semana sentado en el piso, sin dormir, durante 19 años trabajando en esa guitarra, analizando las cuerdas, tratando de entender cada problema, debo decir que no ha sido en vano: hemos hecho todo lo necesario, comprometidos para que ésta sea la guitarra eléctrica más deseada en todo el mundo, y lo hemos logrado.

Casi toda la gente que va a ver mis presentaciones ha tenido una Les Paul o ha querido tener una o tiene un sobrino adolescente que la toca todo el día a todo volumen. Los padres siempre acaban diciendo: “¡Esa guitarra tiene que irse!”. Desde el escenario siempre me disculpo por eso, pero solo con los padres, no con los chicos que tocan esa guitarra. Al contrario, me hace muy feliz que ellos vean lo mismo que yo vi en ese instrumento.

Siempre ando neceando la guitarra, buscando perfeccionar su sonido. Por eso me gané el apodo de “Hum, hiss Paul”. Porque no me gusta ningún zumbido (hum), no me gusta ningún silbido (hiss). Quiero perfección, todos la quieren, solo que no todos hacen un gran alboroto por eso, pero yo sí.

 

Una pequeña mentira

A finales de los cuarenta ya había cogido la carretera y estado en muchas tarimas. En Chicago me había acercado al jazz y había tocado con Louis Armstrong, Coleman Hawkins y otro montón de tipos increíbles.

Entonces decidí dar el gran paso y convencí a Jim Atkins y a Ernie Newton de que teníamos que irnos para Nueva York. Les dije que Paul Eitman era un gran amigo mío. En realidad nunca había visto a Paul en mi vida, pero les juré que éramos como uña y mugre.

Recuerdo que estábamos en el Hotel Chesterfield, Jim y Ernie me preguntaron: “¿Al fin vas a llamar a tu amigo?”. Y se quedaron ahí, cerca del teléfono esperando a que yo hablara. Marco el número y me contesta una secretaria: “No estamos interesados en ningún nuevo talento”, cuelgo y estos dos me preguntan con sus caras de ansiedad: “¿Qué te dijo, Red?”. “Dijo que fuéramos de inmediato”.

Llegamos al edificio en Broadway con la 55, sin nada, ni siquiera teníamos estuches para los instrumentos. Para resumirlo, nos tiraron la puerta en la cara. “Bueno, ¿y tú no eras amigo íntimo de Paul?”, “Sí, sí, claro, pero ustedes saben cómo es de rara la gente aquí en Nueva York, deben ir acostumbrándose a esto. Cuando llegue el momento preciso, todo vendrá a nosotros”.

Dicho y hecho. Estamos ahí tirados cuando pasa al lado de nosotros Fred Waring. “¿Tú no eres Fred Waring?”, le pregunto. “Sí, pero no ando buscando a nadie”. “Ya estás aquí, ¿qué pierdes con escuchar una canción?”. “Bueno, toquen a ver qué...”. Tocamos y le gustó tanto que nos contrató enseguida. Tuvimos mucha suerte. Los cinco años siguientes los pasamos viajando de costa a costa, presentándonos en todos lados, cinco noches a la semana.

Con su cantante y luego esposa, Mary Lou Formd, en marzo del 56 • © Bettmann | Corbis

 

Mary y Les, a dúo

Un día le pregunté a Jim Atkins si conocía a alguna buena cantante de country y me contestó que tenía exactamente lo que yo estaba buscando. “En este momento ella canta en un trío y sería perfecta para tu programa”, me dijo.

Mary Lou. Hice el show de country con ella, nos hicimos inseparables, fuimos juntos de ciudad en ciudad como un par de hippies con guitarras por más de cinco años. Ella realmente sabía lo que yo hacía y lo que pasaba por mi mente. Estaba impresionado con su talento, vivía con ella, compartía todo y aún no me había dado cuenta de que era la persona que tanto necesitaba. Mary resultó ser no solo una excelente ama de casa, compañera, bartender y siquiatra, sino también una gran cantante y una buena parte de mi éxito en la vida: nuestra música habla por sí misma.

Estuvimos tocando desde 1945 hasta 1963. En el 49 descubrí que era la chica para mí y nos casamos, y en el 63 me dijo que ya había tenido suficiente, que no quería nada más de conciertos ni presentaciones. Y no la culpo, porque es duro para cualquier chica, para cualquier mujer, pelear esa batalla de ser una cantante, de dedicarse a la música.

 

El nuevo sonido

En 1943 Bing Crosby me pidió que grabara una canción con él, “It’s Been a Long, Long Time”. Bing escucha la grabación y dice: “Suena bien, ¿cómo lo ves tú, Les?”, y yo le digo “Hum, no me gusta”. De todos modos Bing dice que está bien y que lo dejen así. Cuando salimos al auto me pregunta qué es lo que está mal con esa grabación, “Nada, solo pendejadas técnicas, cosas que no quisiera que sonaran ahí”. “Tú deberías tener tu propio estudio”, me dice.

Nos fuimos por Sunset Boulevard a buscar un lugar para montar el dichoso estudio, hasta que lo detuve y le dije: “Bing, yo no quiero ningún estudio de grabación, yo solo quiero tocar la guitarra y no estar ahí amarrado”. Cuando llegué a casa, mis amigos me preguntaron cómo me había ido con Bing, les conté todo lo de la grabación y el estudio y me dijeron: “Pero bueno, no está nada mal lo del estudio. Puedes construirlo aquí mismo en el garaje, solo saca ese viejo Cadillac y monta todo lo que necesites”. Les hice caso y comenzamos con eso.

El primer año todo era muy precario, ni siquiera teníamos una puerta para el estudio, había que entrar por la ventana. Una vez fueron a verme unos tipos de MGM, los invité a pasar y me dijeron: “Yo no voy a meterme por esa ventana para entrar a esa caja de galletas, vengo de MGM, uno de los mejores estudios del mundo”.

Lo que encontraron ahí les calló la boca: era completamente distinto a lo que conocían. Por un lado, en esa época cuando comprabas un micrófono venía con la advertencia de no usarlo a menos de una yarda de distancia, era una regla en ese momento, pero yo no sabía de reglas ni de nada, ni me importaba, y lo que descubrí fue un tremendo sonido al pegar el micrófono a la boca de los cantantes.

Lo otro era la máquina de grabación multipista. Una máquina con ocho caseteras independientes, que permitía grabar cada instrumento individualmente. ¿Cómo explicar eso? Bueno, antes de eso solo se podía grabar una vez en la cinta, si querías volver a grabar, retrocedías, grababas encima y borrabas lo anterior. Por eso era necesario grabar todo en vivo, todo al tiempo y coordinando durante la grabación. La máquina que inventé permitía grabar encima de una cinta sin reemplazar lo anterior sino guardando todos los sonidos en diferentes capas. Para no confundirte con tecnicismos complicados, digamos que es como si grabaras una foto de una foto de una foto, pero guardando a cada momento todas las imágenes que has tomado. Bueno, esto suena todavía más confuso, creo que hasta a mí me está confundiendo.

Después de crear esta tecnología lo que pasó fue que todo Hollywood estaba metido en ese pequeño estudio de mi casa para conocer ese “nuevo sonido”. Los ejecutivos de Capitol me habían llamado a preguntarme, “Bueno, Les, ya tienes tu grabación multipista y tus ecos y tu forma rara de grabar las voces pegadas al micrófono y las mezclas con fade... ahora, ¿cómo le ponemos a todo eso?”. Y les dije, “¿Por qué no le ponemos ‘nuevo sonido’?”.

 

Un buen par de golpes

Con frecuencia toco con músicos mucho más jóvenes que yo y me encanta, porque ellos me obligan a trabajar duro. Consigo los mejores músicos que puedo, los reúno a mi lado y les digo “¡Vamos, denme una paliza tocando, háganlo!”. Generalmente lo hacen y eso me mantiene trabajando. Hay una fuerte determinación en todo lo que hago.

En 1948, en Oklahoma, tuve un accidente automovilístico que me mantuvo hospitalizado por casi dos años. Me rompí los dos tímpanos, tuve un infarto, mi brazo quedó destrozado. Lo primero que el doctor me dijo fue “Les, todo lo que tienes está roto”. Entonces le pregunté “¿Y el brazo?”. “El brazo debemos fijarlo en una posición”. “Bueno, acomódalo hacia mi ombligo para que pueda tocar la guitarra”.

También quedé con artritis, desde el accidente no puedo tocar con ningún dedo de la mano derecha. Puedo mover todos los dedos juntos solo para cerrar la mano, pero no los puedo doblar independientemente. Así he tocado todos estos años, ¿y sabes qué? No hace falta más, solo tienes que tocar una nota, si es la nota perfecta te sentirás como en casa.

En el Iridium, donde tocaba todos los lunes • © John Munson | Corbis

 

Martes gordos, todos los lunes

Entre el 83 y el 95 toqué cada lunes por la noche en Fat Tuesdays, un barcito de jazz al norte de Manhattan. Todo comenzó porque tuve problemas cardiacos y me hicieron un bypass quíntuple en 1981, en ese momento el doctor me pidió que le prometiera que trabajaría duro en algo. Llegué a mi casa, tomé papel y lápiz y escribí las cosas de mi vida que me gustaban y las que no. Ahí estaban, por supuesto, la electrónica y la música. Entre todas las cosas que encabezaban mi lista de prioridades estaba tocar en un pequeño club nocturno. Quería tocar en un lugar íntimo en vez de esas enormes extravaganzas de cincuenta mil personas, donde tocas sin saber para quién y te conviertes en una máquina.

Entonces me puse a buscar un club así. Comencé en New Jersey, cerca de mi casa, pero dije “No, debo ir a tocar a Nueva York, allá es donde está la buena finca raíz, en el centro de la ciudad”. Busqué en todos los clubes hasta que al final encontré Fat Tuesdays. Cuando llegué hablé con el gerente, le dije “Soy Les Paul” y él respondió “¿Les qué?”. Repetí “Les Paul”, pero no significaba nada para él. Le expliqué que solía ser guitarrista y que tenía una esposa con la que tocaba... y me dijo, “Bueno, probemos por dos semanas a ver qué pasa”. “Pero tiene que ser los lunes por la noche”. “Pero no abrimos los lunes por la noche”. “Bueno, estoy dispuesto a tocar gratis”. “Ok, entonces abriremos los lunes por la noche”. No iba a tocar exactamente gratis, pero podíamos llegar a un acuerdo, de todos modos lo que quería era probar que esto podía funcionar, que el lugar se llenaría. Pasaron doce años y se llenó cada lunes. En el 95, cuando Fat Tuesdays cerró, pasé al Iridium.

En los años treinta hubiera sido realmente raro tenerme enganchado tocando en un mismo sitio por tantos años, de hecho hubiera sido sorprendente que me hicieran tocar en el mismo lugar por un mes seguido. Me pasó en el Paramount, me pasó en Las Vegas: era una pesadilla tocar un mes seguido allá. En cambio, tocar en estos pequeños clubes es grandioso, puedo ver cada pie y darme cuenta de si está marcando el ritmo. Es raro, pero miro los pies o los ojos de los espectadores y me dicen tantas cosas con su reacción.

Al final de cada presentación nunca salgo para mi camerino, siempre voy directo al bar a conocer a la gente, a hablar con ellos, y siempre tienen algo qué decirme, se me acercan y me hablan, pero no saben todo lo que significan para mí sus palabras, no saben que me están diciendo algo que me alegra tanto escuchar. Nunca me voy antes de que todos se hayan ido.

 

Lo mejor, lo más importante

Sería muy difícil decidir por cuál de las cosas que he hecho en mi vida me gustaría ser recordado. He hecho muchos inventos importantes, pero cuando me preguntan por cuál creo que soy más reconocido... ¡Wow! Es difícil. Si hablas con un guitarrista seguramente te dirá que por la guitarra Les Paul, si le preguntas a un ingeniero probablemente te dirá que me conoce por la máquina para grabación multipista, o por el delay, por el reverb, esos aparatos electrónicos sin los que actualmente no podrías grabar un disco de folk, country, rock... cualquier género.

Algunas cosas son muy importantes en cierto momento de tu vida, pero todo va cambiando y entonces eso que importó tanto puede no ser lo más valioso después, cuando tienes la cabeza en otras cosas. Cuando inventé la guitarra eléctrica maciza pensé “esto es lo más grandioso”, cuando creé la grabación multipista pensé “esto sí que es lo máximo”, y así con todas las cosas. Pero siento que tocar en vivo ha sido realmente lo más especial.

Creo que lo mejor de las presentaciones son los amigos que uno hace tocando, la alegría de escuchar a la gente reírse y aplaudir, hay mucho ego envuelto en esto. Quieres tocar para gustarles y te esfuerzas por eso. Quieres que te amen.

Cuando estoy en el escenario siento que si hay un cielo en la tierra solo puedo llegar ahí cuando estoy tocando mi guitarra. Olvido todo, ni sé dónde estoy, no sé nada en ese momento, solo sé que con las yemas de mis dedos estoy tocando al mismo tiempo a miles de personas del público.

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Ángel Unfried

Director de la revista El Malpensante. Ha colaborado en Diners, Shock, Bacánika, La República y El Heraldo. Editor y relator de varios talleres de la FNPI.

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